El precio de una prostiputa.

Publicado en por Los Derechos de las Mujeres

S e dice que hay una diferencia entre la prostituta y la puta: la prostituta hace su oficio por dinero con ausencia de placer; la puta lo hace por placer y lo convierte en su estilo de vida. La prostiputa mantiene relaciones sexuales a cambio de una remuneración económica con o sin placer. En mis comienzos como psicóloga clínica llegó a la consulta esta señora preocupada y triste en su relación con su único hijo de padre desconocido, producto de su trabajo, cuyo oficio era vender su cuerpo para su subsistencia y la de su hijo. Con el pasar de los años logra que su primogénito terminara sus estudios universitarios.

Hoy día, es un reconocido jurista de la localidad y dueño de su propia firma de abogado. Al enterarse del oficio de su madre sufrió muchísimo y entró en una franca depresión. Fueron muchos meses de sesiones terapéuticas, tanto para él como para su progenitora, para encontrar ese alivio psicológico producto de esa carga emocional entre ambos.

Hoy, vive ella, y gracias a su primogénito, en un apartamento muy hermoso en un área de la ciudad y cuidando de sus nietos. Así como esta historia hay muchas otras cuyos relatos son desgarradores.

Hay mujeres que tratan sus cuerpos con religiosidad al vestirse y no hablo de que van por la calle vestidas como monjas, solo que al arreglarse lo hacen de manera prudente. Hay otras que les encanta enseñar lo que tienen de manera libertina. Al fin y al cabo son mujeres. Y, como personas se les debe respeto.

Cabe mencionar la última modalidad de las prostiputas, las llamadas ‘prepagos’, la mayoría viene de países hermanos con la idea de vender sus vaginas o comercializarse carnalmente, cuyos familiares muchas veces desconocen la realidad del trabajo que realizan. Mujeres que guardan silencio para no ser deportadas. Niñas mujeres nacionales y extranjeras explotadas por desgracias del destino, mal remuneradas, acosadas, violentadas y que se sienten la escoria de una sociedad hipócrita y de doble moral. Las más apreciadas —por decirlo así— son las dedicadas al turismo sexual, que no deja de ser un negocio lucrativo tanto en mi país como en muchísimos otros.

¿Destino, casualidad, enfermedad, sinvergüenzura?

No nos demos a la tarea de juzgar sin antes conocer la realidad de cada una de estas mujeres y hombres dedicados a este oficio y que desde antes de la pubertad, son sus propios familiares que los promueven en un negocio que no deja de ser rentable y que perjudica desde una edad temprana su salud mental.

Al publicar este artículo, ‘La marcha de las putas’ habrá recorrido algunas calles de mi país. El objetivo de esta convocatoria es reivindicar el derecho de las mujeres a vestir como les parezca, sin necesidad de que se les agreda o falte el respeto en las calles. Estoy de acuerdo. Pero señores, ¿en qué país vivimos? Vivimos en el país que tiene como distintivo la doble moral, la hipocresía y, el morbo y la violencia son un emblema, un comportamiento, una característica. Vestida o no, a la mujer no se le respeta. Nada más piensa en el hombre que se masturba mentalmente con solo ver unas tetas al descubierto.

Los atributos de la mujer, atraen, llaman la atención. Y, el hombre se siente hombre si fija su mirada y más aún si llega a tener contacto con el cuerpo de la mujer que los exhibe y, si lo hace de manera seductora, está de más explicarlo. Y, con unos tragos encima, se convierte en presa fácil para los famélicos sexuales. Además, te las encuentras que si no enseñan, no consiguen al hombre de sus vidas o que su oficio como prostiputa, no es cumplido. Y, les digo algo, son las propias mujeres las que más critican a las mujeres y mucho más si es sobre la belleza de sus atributos.

Te encuentras también a aquellos padres y madres cuyos regalos de quince años son el aumento de los glúteos y los senos de sus hijas. Esa es la moda y la que no está de moda, es considerada la patita fea de su círculo de amistades.

Vaya usted a un coctel, a una boda, en fin, a cualquier lugar de fiesta o entretenimiento, hasta las más pasaditas de edad, madres de adolescentes, te las encuentras junto a su consorte, con las tetas afuera y los amigos de sus esposos babeándose con la idea de disfrutar de un momento de locura sexual. Bastante hace un hombre al no dejar que sus ojos se fijen en los atributos de la mujer ajena.

A la mujer no se le da el sitial que se merece ni como madre, esposa, ni asalariada. El respeto hacia la mujer se logra cuando a ese niño y esa niña se les enseñe desde pequeños a respetar a su madre, vestida o no. Cuando el hombre respete a su pareja. Cuando se le enseñe a ese adolescente que a la mujer vestida, semivestida o no, hay que respetarla como persona. Cuando se les eduque en materia sexual. Cuando algunos medios impresos y televisivos no saquen en poses provocativas a mujeres que por un par de dólares se dejan manipular. Me pregunto cómo sería para esos medios, una semana de ganancias sin mostrar a estas mujeres como lo hacen. Estoy segura de que atendiendo a estas recomendaciones, jamás se convocaría a una marcha de putas. 

 

Fuente: Diario La Estrella -Panamá - GERALDINE EMILIANI * Especialista de la conducta humana - 27/10/11 -

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