Habitar la Tierra Madre - Derechos Humanos: ¿derechos de todos?

Publicado en por Los Derechos de las Mujeres

Dedico estas palabras a dos mujeres que simbolizan la lucha por los llamados "nuevos" derechos y todos los derechos humanos: nuestra querida diputada, Laura Rodríguez, y Rigoberta Menchú, india quiché, guatemalteca, Premio Nobel de la Paz por su labor en favor de los derechos humanos de los pueblos indígenas y las mujeres.
La concepción, la doctrina de los derechos humanos es un producto social e histórico, que varía en diferentes momentos y sociedades, que es dinámico y que constituye un proceso.
¿Cuál es el nudo de este proceso histórico? No se trata ni de nuevos problemas ni de nuevos derechos, sino de la ampliación de la conciencia en sectores relevantes de la población, sobre viejísimas discriminaciones, denunciadas —en algunos casos— desde hace cientos de años. Dolorosa ampliación de la conciencia que se construye sobre las consecuencias del no reconocimiento y respeto de los derechos humanos de algún grupo humano, de alguna etnia, clase social o sector político.
No deja de llamar la atención que después de un documento de tanta envergadura como la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), haya sido necesario especificar o reiterar los derechos humanos de sectores particulares, como si estuvieran excluidos de esa Declaración original. La sola existencia de declaraciones, convenciones, protocolos, pactos internacionales, convenios y resoluciones posteriores de Naciones Unidas y la OIT, revela que el desarrollo de la conciencia en 1948 y los años siguientes era todavía parcial.
¿No valía para las mujeres? ¿No valía para los niños y adolescentes? ¿Ni para los pueblos indígenas, los sectores sociales subordinados, ancianos y ancianas, discapacitados? ¿No incluía, como parte del derecho a la vida, el derecho al medio ambiente sano, a la calidad de vida y a la permanencia sobre el planeta? ¿Eran sólo individuales y no colectivos?
¿A qué humanidad se refiere esa Declaración, a qué universalidad? ¿La del hombre adulto, blanco, sano, perteneciente a los grupos hegemónicos y que no necesita afectos?
Mirado desde hoy, nos sorprende...
Pero, ¿dónde está la raíz del problema? Está en una cultura, en una sociedad patriarcal —o androcracia—, es decir, según la definición de Riane Eisler, en un sistema social regido por los varones mediante la fuerza o la amenaza de la fuerza, basado en la jerarquización de una mitad de la humanidad sobre la otra: el hombre, superior a la mujer; el poder para el varón y la subordinación de la mujer a su autoridad.
Cuando hace unos cinco mil años se estableció en todas las culturas conocidas por la arqueología y la antropología esta concepción de la relación social primaria —hombre-mujer—, al mismo tiempo se instaló en la mente humana la idea de que una persona podía ser inferior a otra. Esta idea está en la base de todas las opresiones, discriminaciones y explotaciones posteriores: contra pueblos, niños y niñas, ancianos y ancianas, pobres, grupos religiosos y portadores de ideologías.
Al mismo tiempo, el varón se erige a sí mismo como la cumbre de la Creación, no sólo sobre la mujer, sino sobre la Naturaleza, para utilizarla, dominarla y someterla. Simbólicamente significa consagrar la superioridad de lo masculino sobre lo femenino en todos los planos de la creación. Es así como se desarrolla el androcentrismo en todos los ámbitos del quehacer humano, en que el varón-macho-occidental es el modelo y la medida.
Sólo un par de ejemplos: hubo una época en que se debatió si las mujeres teníamos alma y si los indígenas no eran animales. Por otra parte, hasta 1989, nuestro Código Civil establecía que las mujeres debíamos obediencia al marido (y la desobediencia dio origen al "castigo" a la mujer, a la violencia doméstica y sexual que hoy nos preocupa); también estipulaba que debíamos seguir al marido donde fijara residencia (contraviniendo uno de los artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos) y que requeríamos autorización del marido para trabajar. La forma de constitución legal del matrimonio extinguía la persona de la mujer; la obediencia no era sólo una norma social, era una obligación jurídica y equiparaba a la mujer con los niños(as).
Paralelamente, al ser el modelo de persona humana un tipo de hombre, se eliminó la diversidad y se pretendió exterminar la diferencia, o al menos someterla; la Humanidad era sinónimo de uniformidad y jerarquización según los grados de cercanía a ese modelo: una sola cultura, una sola Historia, una sola cosmovisión, una sola verdad. Por lo tanto, una sola identidad.
Consecuencia de esta cultura y organización social son todas las opresiones, discriminaciones, violaciones sobre las que hoy reflexionamos. Sólo el dolor, las crisis, la amenaza de extinción de la vida sobre el planeta Tierra nos ha llevado a la expansión de la conciencia, que combina conocimiento y comprensión de los procesos humanos.
Pero no tiene por qué ser así. Existen evidencias arqueológicas y antropológicas de otras formas de organización de la sociedad, donde la Tierra simboliza a la Madre y es venerada y cuidada por ello. Se desarrolla un cultura a la Diosa-Madre y su extensión en la mujer. La reproducción de la vida, cotidiana y generacional, es el motor de la organización social, en plena armonía con la Naturaleza. Así, los niños son cuidados con esmero. No hay un endiosamiento de "lo nuevo" como "lo mejor", de modo que las ancianas y ancianos tienen un papel fundamental por su sabiduría y experiencia. Son ellos los llamados a resolver —en consejo— los conflictos cuando se producen.
Hemos aprendido dolorosamente, entonces, la necesidad de aceptar la diversidad de culturas, de identidades, de verdades y cosmovisiones, y valorar sus aportes a la Humanidad. Hemos elaborado un concepto de ciudadanía que constituye sujetos de derecho a niños y niñas, mujeres y ancianos, pueblos indígenas, clases, sectores, etc.
Por ello, hoy día, a quinientos años de la llegada de los españoles a América, debemos aprender humildemente de quienes por tantos años hemos desvalorizado, marginado, explotado, empobrecido: nuestros pueblos indígenas. Ellos conocen la necesidad de cuidar la Tierra, ellos se reconocen hijos de la Madre, que nos hace a todos hermanos, que nos impulsa a la vida y trabajo comunitario. Debemos aprender de las indias que se sientan en el suelo no por primitivismo, sino para conectarse con la energía creadora de la Tierra.
La Pachamama, Ñuque Mapu, Kainga o Henua, deben permear nuestra cultura, empaparla de femineidad, de capacidad de cuidar con cariño a toda criatura, porque nadie sobra, tampoco los animales, la vegetación ni los minerales. No somos superiores a la Naturaleza, no tenemos derecho a destruirla.
Es necesario, entonces, expandir más nuestra conciencia, hacerla llegar a nuevos grupos y sectores sociales, cautelar todos estos derechos humanos que hace tan poco hemos incorporado a nuestra ética. Es necesario legislar en favor de la mujer, los niños, ancianos y discapacitados, en favor de los pueblos indígenas y para proteger eficazmente el medio ambiente. También revisar las estructuras del Estado y la administración de la justicia.
Sin embargo, que estos "nuevos" derechos no nos desdibujen aquellos que reúne el concepto básico: el derecho a la vida, a la integridad física, psicológica y moral, y cuya violación tantas heridas dejó en nuestro país: que nunca más en Chile se torture, se asesine, se desaparezca a ningún hermano o hermana nuestra.
Los invito a celebrar esta nueva conciencia que nos hace más humanos.

Fuente: www.lideresjovenes.cl  Autora: TERESA VALDÉZ- Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO)

Publicado por: AGENDA DE LAS MUJERES - El Portal de las mujeres Argentinas, Iberoamericanas y del Mercosur-

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