Historia del Matriarcado (1).

Publicado en por Los Derechos de las Mujeres

El matriarcado perteneció al mundo de la mitología hasta que los románticos, según veremos, incluyeron el mito en la necesaria conformación de la estructura histórica. Desde entonces, se abre paso la concepción de una cultura matriarcal documentalmente situada en la historia.

 

Entre los años 9000 y 1000 a. de JC existe una zona subtropical del planeta donde dominan los cultos matriarcales. Una gran diosa centra la teología y dispone de un héroe masculino. Los hallazgos arqueológicos que corroboran esta hipótesis son reciente (década de 1970). Se trata de Catal Hüyük, en Anatolia, (Turquía).

En el siglo VII a. de JC contaba con unos diez mil habitantes. En ella se encuentra un templo con una sola deidad, que es mujer y pare a ciertas figuras animales (toros, ciervos, etc.) que han sido descifradas como profanas y masculinas.

El varón se da, pues, como hijo de una diosa, señalando la precedencia divina de la mujer. En Sumer se adoraba a Inanna, que reinaba en el cielo, aseguraba la feracidad de las tierras sumerias y dominaba todas las fuerzas consideradas divinas. Uno de los himnos a ella dirigidos dice: «Señora de los cielos (...) que has reunido todas las fuerzas divinas, tu ojo es poderoso, ve el cielo, la tierra y las comarcas extrañas, Inanna, leona que reluce en el cielo (...)».

Dumuzi es su héroe, con quien se casa. El muere y ella lo va a buscar al reino inferior, donde también muere. En la primavera, la diosa renace y da nueva vida a su esposo. Se vuelve a celebrar la boda, la vegetación crece, todo verdea y florece.

Cabe observar la superioridad de la mujer, capaz de volver de la muerte por sí misma, en tanto el varón depende de ella. Lo mismo en cuanto a sus facultades de dirección celestial del mundo, después consideradas atributos viriles. Inanna, como luego Ishtar y Astarté, es vista como una mujer barbada, con caracteres bisexuales, o sea hermafrodita.

Ishtar, venerada en Babilonia, también es mujer y deidad celestial. Es la estrella matutina que triunfa sobre las tinieblas nocturnas, estrella nocturna que rige el amor y la fecundidad, y Tiamat, gran serpiente marina que señorea sobre las aguas y el reino inferior.

Tiene un héroe, Tammuz, cuya fiesta evoca las nupcias divinas y da lugar a orgías populares. Se advierte que la filialidad se refiere a la madre y es de carácter natural, en tanto la sexualidad es promiscua y pública. Ishtar tiene en su templo unas prostitutas sagradas.

Luego, en el orden patriarcal, el acto sexual se convertirá en privado e individual, en tanto la filialidad se há de referir al padre como ficción jurídica.

 

El matriarcado, aparte de suponer el parentesco a partir de la madre, implica el gobierno de la mujer y lo matrilocal, es decir que la sociedad pertenece al lugar donde habita la madre. La herencia y el nombre vienen por vía materna. Las mujeres son invulnerables y tienen el privilegio de juzgar, pues se las considera dotadas de una sabiduría infusa, telúrica, no expresa en normas escritas (como tenderá a serlo en el patriarcado), sabiduría que abarca la legalidad oculta de la materia natural.

El mundo es algo periódicamente renovable, cíclico, repetitivo, regenerable. En el orden paterno, esta naturalidad de los eventos será sustituida por el tiempo de la historia, compuesto de momentos singulares y sucesivos, donde todo ocurre sólo una vez y la sucesión marcha hacia la muerte. En cualquier caso, instituciones tan perdurables como el matrimonio y la metrópolis datan de entonces, conforme indica su raíz, la palabra mater.

En estas religiones, la fecundidad de la mujer va ligada a la feracidad de la tierra y a la abundancia de las cosechas. La vida sexual es sagrada y se identifica con el enigma milagroso de la creación. Por ello tiene manifestaciones como la maternidad virginal, la orgía litúrgica y la boda mística.

Cercana a la adoración del mundo vegetal, concibe al orbe como construido en torno a un árbol sagrado. Vientre materno, la tierra tiene un centro, el Ombligo del Mundo. Como se ve, la imagen de la madre virgen es una figura inmemorial, que el cristianismo ha heredado.

Pierre Saintyves sostiene la tesis de que estas culturas viven en el horror a la esterilidad y la despoblación. Ello condiciona la exaltación de la fecundidad, a la que se proveen medios mágicos y aún inmorales.

Todavía el Antiguo Testamento recoge episodios donde el adulterio y el incesto son preferibles a la infecundidad. Lo primordial en el acto fecundo es la mujer, que se fecunda por medio del varón, mero instrumento de la maternidad y no agente de la fecundación. En consecuencia, hay embarazos que se logran sin la mediación del hombre, por la agencia de piedras fecundantes, aguas, meteoros, rayos de sol, dioses que adoptan formas animales o humanas. En varias mitologías, la madre es fecundada por una aparición onírica, lo que da al sueño materno un carácter profético.

El hijo será un genio, un héroe, un libertador. Así, en la mitología finesa y tártara, y en la historia de Buda, Quetzalcoatl y Cristo. De huevo: se ha prescindido del padre y el parentesco es matrilineal. La primacía de la mujer tiene un trasfondo andrógino, según queda dicho. La diosa suprema es una hembra, pero cuenta con algún recurso viril para lograr la partenogénesis, o sea la autofecundación.

Isis, por ejemplo, es masculina y femenina a la vez. Es negra, como algunas de las Vírgenes católicas, y tiene un hijo solo, Horus, que reproduce a las parejas ya evocadas (Astarté y Baal, por ejemplo). Su negrura señala la oscuridad de la tierra y de la noche, en tanto su famoso velo evoca la posibilidad de recobrar la virginidad. Aún ciertas diosas griegas del ciclo olímpico, o sea del dominante celestial-masculino, conservan la capacidad partenogenética y la posibilidad de una virginidad cíclica y renovable.

Así Hera y Artemis, y la misma Atenea, que cumple algunas tareas viriles (pensar, hacer la guerra). Atenea tiene padre pero no madre, y protege a Heracles, que es un héroe solar, o sea de signo masculino. Es, como Artemis, una machorra virgen y fóbica del matrimonio. Entre María y Jesús se repite el esquema, sólo que «traducido» al código patriarcal semítico: María es fecundada indirectamente por un Dios paterno. Pero éste se define con las palabras de Isis: «Soy todo lo que es, fue y será, y ningún mortal ha alentado en mi velo».

Si se prefiere: en el misterio mariano, Isis se desdobla en una madre virginal y partenogenética y un padre celestial, que engendra por medio del Espíritu Santo. Oblicuamente, se produce un incesto, pues si Dios es el Padre y el Hijo, María es esposa y madre del mismo hombre.

La transición de la religión matriarcal a la patriarcal se puede ubicar en Creta, donde los sacerdotes se hacían castrar para parecerse a la Diosa, y oficiaban vestidos de mujer. Marduk, el dios asirio, ya es plenamente patriarcal, pues privilegia el vínculo padre-hijo, irrelevante en el matriarcado, donde el padre es desconocido o indeterminado.

 

Los judíos adoptan a Jahvé, héroe de una diosa cananea, Aschera, de carácter agrario y telúrico. Salomón, hacia el milenio antes de Cristo, manda erigir un templo a Jahvé en Jerusalén, como dios común a las doce tribus de Israel, que completan un ciclo solar, ya decididamente viril.

Alguna teóloga feminista actual, como Gerda Weiler, considera que los judíos son un pueblo de origen matriarcal, como se advierte en que la condición de judío es transmitida por la madre, y la presencia, en la Biblia, de figuras matriarcales: Sara, Rebeca, Raquel, Lea.

La mujer reaparece como fundacional en la remota raigambre semítica, que llega a Cristo y Mahoma. En cualquier caso, el pasaje implica no sólo una transición de la agricultura y la caza a la ganadería y la guerra, sino un cambio cultural complejo: de la cultura telúrica se va a la civilización solar y olímpica, de la venganza de sangre y los sacrificios humanos a los juicios ante un tribunal, las expiaciones y las liturgias incruentas.

Una civilización del individuo, jerárquica y desigual, sustituye a una cultura fraternal y promiscua. Se deroga la Némesis maternal, figura de la tierra que auxilia a todos los seres vivos, tanto en la vida como en la muerte, sobre una base de justicia distributiva, el amor de la madre por sus hijos. Aún Pitágoras y Dionisos serán místicos de lo materno.

Para lo que nos importa, el matriarcado es ágrafo y de tradiciones orales, y todavía Cristo predica por el habla: la única vez que escribe, lo hace en la arena, y las aguas borran sus palabras para siempre. Los románticos reviven los prestigios del matriarcado como fundacional de nuestra cultura.

Entre 1810 y 1812, Friedrich Creuzer da a conocer Simbólica y mitología de los pueblos antiguos. Como todo romántico, se preocupa por el origen del lenguaje, que halla en el símbolo, imágenes donde lo físico y lo moral aparecen confundidos. De una sola religión primitiva, la hindú, se desprenden todas las demás, así como, del símbolo, por mediación del lenguaje, se desprenden la metáfora, la alegoría y el mito.

Por sus huellas andarán luego Ferdinand von Eckstein, Johann Jakob Bachofen (El derecho materno, 1861) y Lewis Morgan (La sociedad primordial, 1877), muchas de cuyas noticias serán aprovechadas por Friedrich Engels en Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

Completa el cuadro un hallazgo de la biología romántica: en 1826, Baer descubre el óvulo, es decir el papel activo de la mujer en el acto de la generación, hasta entonces reservado a la potencia genesíaca varonil.

Sin duda, es Bachofen quien más ahonda en la tipología cultural de lo femenino y lo masculino, con una disposición binaria típica de la dialéctica romántica. Fija el origen de la sociedad en una escena mítica: la unión de una mujer inmortal y un varón mortal. En el matriarcado aparece la figura de la humanidad, que es femenina: todos los hombres son hermanos en tanto hijos de la Madre común, divina y telúrica a un tiempo.

Este mito original y la conclusión, igualmente mítica, de la historia,encierran un ciclo evolutivo, continuo, progresivo, que es obra del patriarcalismo.

La historia y el mito se dan, pues, como dialécticamente diversos y mutuamente necesarios. Las oposiciones son evidentes para Bachofen: lo masculino es la derecha, el día, el sol, el agua que fecunda, la vida, el espíritu, el cielo, la paternidad, el individuo, la cultura, la racionalidad; lo femenino: la izquierda, lo siniestro, la noche, la luna, la tierra como espacio fecundado, la muerte y los muertos, la tierra, la maternidad, el género, el sentimiento, la religión.

 

El juego de estos opuestos, su guerra y su acuerdo, dan las cuatro fases de la sociedad histórica: el hetairismo (matrimonios colectivos y promiscuos), el amazonismo (las mujeres guerreras), la ginecocracia y el patriarcado. La fase patriarcal genera sus cultos pertinentes y así se puede observar el complejo y sutil patriarcalismo de la Iglesia católica, que se define como Madre pero que está compuesta por un clero exclusivamente varonil, aunque de varones vestidos de mujer.

La Iglesia atribuye a la mujer la Caída y decreta la persecución de las brujas, cuyo texto canónico es el Martillo de las brujas de Heinrich Institoris y Jakob Sprenger, dominante desde la Baja Edad Media.

El Código de Derecho Canónico (1917) considera a la mujer, desde el punto de vista eclesiástico, como un niño o un deficiente mental. La mujer es una aberración o desviación del único sexo fundamental y existente, que es el masculino.

Como varón deficitario, depende del varón auténtico, pues sólo actúa como mero depósito de la simiente viril. Así lo han dicho, por si cupieren dudas, Aristóteles, San Pablo y Tomás de Aquino. Pero, al tiempo, en el culto mariano, sustituye al culto materno precristiano que provee la redención por el triple ciclo de la mujer prodigiosa: virginidad, embarazo divino, maternidad.

La misma figura de Dios, en algunos pasajes de la Escritura, es comparada a una madre que da consuelo, asistencia y protección al hijo afligido.

En otro orden, María responde a cierto modelo de «la mujer perfecta casada», carente de sexo, eterna virgen y esclava de (su) señor. Madre de sus hijos, evoca los tiempos supuestamente primitivos en que la mujer era la esposa de todos y el padre, conjetural. María, en efecto, luce los atributos simbólicos de las diosas matriarcales: la serpiente y la luna. Es fecunda, eterna y sintetiza la sabiduría divina y mujeril.

De hecho, el culto a la Virgen es especialmente próspero en zonas del sur de Europa, África, Asia y América Latina, con una fuerte impregnación de cultos matriarcales primitivos.

Esta posición dominante ha sido contestada en distintas épocas, en una suerte de reflujo matriarcalista dentro de la Iglesia. Ello se advierte desde las primeras herejías (siglos I al III). Los gnósticos, por ejemplo, combatían el monoteísmo hebraico y veían en Yahvé la encamación del mal, del que vino a salvamos Cristo, instituyendo una religión de la Diosa Suprema, cuyos sacerdotes podían ser indistintamente, varones o mujeres.

Inspirados por las profetisas Priscilla y Maximilla, en Asia Menor aparecen los montañistas, que reverencian a Cristo como mujer.

Fuente: Cine y Letras - Humanidades - BLAS MATAMORO - Junio 2009

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