La otra cara de la prostitución (1)

Publicado en por Los Derechos de las Mujeres

La historia nos ha presentado la prostitución asociada tanto a la prácticas culturales como sociales, las cuales han dado lugar a sus variables estigmatizadoras. El fenómeno de la prostitución tiene larga data. En cualquier período histórico, en cualquier estructura o régimen social, un sector de mujeres debe intercambiar sexo por dinero, o algunos hombres, a través de su dinero, tienen el poder de pagar por obtener fantasías, placer, goce o compañía.
En la antigüedad (300 años a. de C.), encontramos constancia de un tipo de prostitución hospitalaria, en el sentido de institución ya establecida. En aquella época, era usual ofrecer una mujer al visitante, símbolo de bienvenida, y establecer un intercambio comercial para la adquisición de bienes para la familia. En la época de Solón (650-558 a.C), se crea la primera casa de tolerancia de la historia en la ciudad de Atenas, bajo la protección de la diosa Venus Pandemos, que personificaba todas las prácticas de la prostitución. De este modo, se elevaba la prostitución a algo sagrado, asociándola a la unión de un Dios con la sexualidad humana. Más tarde se desacraliza, transformándose en un fenómeno social, objeto de comercio regulado, para la creación de nuevos recursos fiscales.
La superación de algunos tabúes sexuales en determinados sectores sociales, y la quiebra de las tradicionales inhibiciones, no han eliminado las bases económicas, sociales e ideológicas que marcan la existencia de la prostitución. Las trabajadoras sexuales no disponen de una identidad autónoma. Su situación vital está estrechamente subordinada a las normas sociales. De esta manera, las trabajadoras sexuales no están integradas socialmente, viven inmersas en una sociedad que valora el mundo de las cosas y devalúa el mundo de las personas, por ello, la pretendida libertad de la venta del cuerpo, resulta desprotegida legalmente. Debido a esta desprotección, se han creado organizaciones no gubernamentales, que son el único espacio para que aquellas mujeres vulnerables, se sientan valoradas por el sistema en que viven. Son instancias de integración y participación, que permiten de alguna u otra forma generar una identidad de grupo en la sociadad actual.
En Chile, la Fundación Margen, nace el 12 de Mayo de 1998, y la Asociación ANGELA LINA, en el año 1993, a raíz de la necesidad de defender los derechos humanos de las trabajadoras sexuales, a raíz  de que, durante el período de dictadura militar en Chile, las fiscalizaciones policiales eran verdaderos abusos de poder en contra de ellas. Durante ese tiempo, las trbajadoras sexuales se reunían an la Parroquia del Sagrado Corazón, donde el padre Alfonso Baeza, realizaba distintas convocatorias a fin de prepararlas en ciertos oficios, los que les permitirían desarrollarse en otras actividades.
La Fundación Margen posee como objetivos fortalecer a las mujeres en condición de vulnerabilidad social, a través de un liderazgo que permita apoyar y destacar las capacidades y habilidades de cada una de ellas. Paralelamente, existen 2 sindicatos de trabajadoras sexuales a nivel nacional. Estos han permitido generar hasta la fecha cuatro congresos de trabajadoras sexuales, tanto a escala nacional como internacional, con la idea de compartir experiencias y establecer lazos de apoyo. En el último congreso se gesta la idea de defender sindicalmente sus derechos laborales (tomando en cuenta que esta actividad no esta sujeta a contrato), y así optar a una previsión de salud, entre otras cosas.
En cuanto al consenso social, por la defensa de la actividad como una profesión necesaria y funcional para la sociedad, se persigue que las trabajadoras sexuales queden indemnes ante las acusaciones y reproches socio-morales que afectan al trabajo sexual. Se defiende la necesidad social del trabajo sexual, ya que la sociedad está determinada a coexistir con la trabajadora sexual, suya actividad es útil y provechosa para el conjunto de la sociedad. De esta manera, el pacto social exige que un grupo social venda su cuerpo para satisfacer las necesidades de otro grupo social, que tiene posibilidades de imponerse. La trabajadora sexual asume su rol y se presenta como alternativa legítima a la sexualidad procreadora. Ella es la interlocutora válida y comprensiva del varón, la única capaz de atenuar los conflitos intraconyugales y de aliviar la insatisfacción continuada que reporta el hombre dentro de la institución matrimonial.
Esta defensa de la profesión, de la identidad de trabajadora sexual como figura social al servicio de los varones, no hace sino configurar el papel de la mujer (trabajadora sexual) en el contexto de las relaciones heterosexuales. Ha consolidado el trabajo sexual femenino como complemento  necesario del matrimonio monogámico patriarcal. Es importante aclarar que la prsotitución no se funda en una búsqueda amoral de ganancias; ni en el uso de estos ingresos para gustos personales. El trabajo sexual femenino no es un feudo del placer y menos aún del disfrute corporal de la mujer. La trabajadora sexual, cumple con su rol y lo desarrolla eficazmente.
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Etiquetado en Sexualidad

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