Las Mujeres de la Revolución de Mayo. ¿las conocemos?

Publicado en por Los Derechos de las Mujeres

Cada aniversario de la Revolución de Mayo, convoca el recuerdo y la exaltación de próceres casi siempre varones.

 

Pero la Historia está forjada por la participación de Mujeres también.

 

Y lamentablemente es muy poco o nada que la memoria de aquellas que lucharon a la sombra de los grandes, se reavive y se presente como una participación protagónica en la emancipación de nuestro país. 2337025579736571.jpg

 Hoy recordamos a: La Delfina

Apareció una noche vestida de soldado en el campamento del caudillo entrerriano. Mujer de armas tomar, fue compañera en la batalla y amante durante el reposo. La escritora Silvia Miguens narra la pasión que significó La Delfina en la vida y en la muerte del guerrero.Desde Rio Grande do Sul hasta el campamento de don Pancho Ramírez, una flor de mburucuyá guió a La Delfina. O tal vez haya sido La Delfina quien se dejó caer en las manos del caudillo en forma de pasionaria o mburucuyá. Era una mujer con aroma y delicadeza de flor, pero fueron su empecinamiento y la fuerza de su amor los que ganaron el corazón del caudillo.

Se dijo que era hija bastarda de un virrey brasileño, criada en el campo al sur de Brasil, en Rio Grande do Sul, por una familia de estancieros, y que en la adolescencia se fue tras uno de esos familiares adoptivos a combatir en la campaña contra José Artigas. Era mujer de armas tomar y conocía las hazañas de don Pancho. Desde su país de leyenda lo vio cruzar el Paraná con sus hombres, nadando todos a lo perro sujetándose con la mano a las colas de sus potros, y supo de las muchas veces que el caudillo, con sus tropas diezmadas, venció al enemigo a punta de picardía y coraje.

Una de esas noches en que una lluvia de estrellas y de luciérnagas irrumpió en el cielo del campamento, don Pancho tomó su arma y, apenas saliendo de su tienda, la luz de la lámpara dio de pleno en la cara del intruso. El caudillo pudo vislumbrar la serenidad en el rostro de aquel personaje que, pese a llevar ropas de hombre, mostraba curvas y aroma de mujer. Sin decir más, ordenó que organizaran una tienda donde pudiera dormir la mujer. Más tarde, cuando la muchacha se envolvía en una manta, el mismito don Pancho entró a la tienda con mate cocido y pan.

Al amanecer, los hombres buscaron huellas pero la mujer, para llegar al campamento no había dejado un solo rastro. Dos días más tarde, de conciliábulo con las mujeres que amasaban pan, La Delfina comentó: “(…) y así, amo y señor, el hombre posee un caballo, un puñal, un fusil, unos hombres y un ejército hasta posee una patria, igual posee una mujer o a varias, sin saber que sólo las mujeres libres engendran y echarán al mundo hombres libres”.

Las cuarteleras rieron sin estar seguras de comprender. Sólo sabían de marchar a la retaguardia, y La Delfina no era de las que se conformarían con eso. Cuando Ramírez invitó a comer a la muchacha, entibiaron agua del río y se ofrecieron a lavarle el pelo. Festejaron el convite como propio. Le pusieron pantalón limpio, blusa de linón y una flor de mburucuyá en el pelo trenzado. Así se apersonó La Delfina a don Pancho.

–Espero sepa comprender la poca elegancia de la mesa, mi señora. – E s p e r o s e p a comprender la poca elegancia de la dama, mi señor. Comieron hablando muy por lo bajo hasta que la vela en el candelabro pareció a punto de extinguirse, y en la fuente se enfriaba el último trozo de dorado. Ramírez le ofreció el brazo, y caminaron orillando el río hasta que se echaron en el pasto a contarse cuitas. El alba los descubrió entreverados como dos cachorros. No fue sorpresa para nadie. Don Pancho llevaba demasiado tiempo sin mujer y contrariado.

Ramírez fue aliado de Estanislao López y de Artigas en las contiendas con Brasil y Buenos Aires. Cuando fue el triunfo en Cepeda, entraron a la Santa María y, después de atar sus caballos en torno a la Pirámide de Mayo, Ramírez decidió perdonar la vida al director supremo José Rondeau, a quien encontró escondido entre unos arbustos. Cuando Ramírez y López suscribieron el Tratado del Pilar con Buenos Aires, Artigas le declaró la guerra porque don Pancho no había consultado con él lo del acuerdo.

Al año siguiente, 1821, roto el Tratado del Pilar, López pactó con Buenos Aires, que ostentaba ya nuevos gobernantes. Don Pancho, gracias a un plebiscito, fue elegido gobernador supremo de la República Entrerriana, y Corrientes lo recibió con honores. Para la ocasión el caudillo mandó confeccionar trajes oficiales con chambergo y la pluma de avestruz del escudo de la nueva República, para sus hombres y entre ellos La Delfina que, montando un brioso alazán, no se había separado de Ramírez desde su aparición en el campamento.

LA BIENVENIDA Y LA NOVIA

Pasada la ceremonia de bienvenida, en Corrientes, la muchacha agradeció el uniforme y los honores al gobernador. Sin embargo, esa noche quiso cambiar de atuendo. En el campamento de La Bajada habría bailes, títeres, juegos de naipes, riña de gallos, carreras, hasta corridas de toros, y la mujer debía recuperar para ella y para su hombre los encajes y el satén. Debía mantener alejadas a las “ofrecidas” de turno.

Durante la marcha y las batallas se había convertido en su mujer y como tal debía mostrarse, porque a la mujer del gobernador empuñar un fusil no la hacía menos apta para ejercer el arte del abanico en los salones. Cómo si esto fuera poco sorprendió a don Pancho, dulcificando su acostumbrado grito de batalla con la guitarra. Pero, esa noche las chamarritas y las noticias corrieron como pólvora, y don Pancho debía su promesa de matrimonio a una damita de tiempos anteriores.

Norberta Calvento, la novia, pasaba las tardes plegando alforzas. Algunas noches hasta llegó a deshacer las flores bordadas para rehacerlas la tarde del siguiente día. De nada valieron reclamos y notas. Pero no abandonaría la ilusión. Una noche puso broche final al traje y lo dejó en un maniquí sin cabeza que se sumó a la espera de la novia. La muchacha cebaba mate junto al vestido, y cuando cerraba el misal, entornando los ojos soñaba con tener a Ramírez en la casa y habituarlo a las tardecitas de ensaimadas con chocolate y sus melodías en el piano. Quería rescatarlo de esa lucha y de esa mujer que sólo lo alejaban de la vida reposada. Después de todo, Francisco –consideraba la novia– era de familia decente y de recursos, no necesitaba el caudillaje ni ser gobernador; el padre del novio, el paraguayo Juan Gregorio, era marino fluvial y propietario de tierras, y su madre, Tadea Florentina Jordán, nativa de la provincia, también era dueña de campos.

Norberta sabía lo de La Delfina y rezaba por él que, seguramente, se debatía entre las dos: la novia, que buscaba arrimarlo al nido, y la amante, que peleaba a la par de su amado en las luchas montoneras incitándolo a entregar su vida por la causa criolla. La pobre Norberta no sabía que don Pancho Ramírez no era hombre de debatirse por las mujeres. El fragor de la lucha no le permitía conjeturar el futuro conveniente; mucho menos Las chamarritas y las noticias corrieron como pólvora, y don Pancho debía su promesa de matrimonio a una damita de tiempos anteriores sospechar la zancadilla que la historia y la leyenda le reservaban. La novia tampoco sabía o no recordaba que, al fin y al cabo Ramírez, como los demás, era hombre de una sola mujer.

La única fémina que ganaría el corazón del caudillo era la muerte. Al fin, un día, más pronto que tarde, una partida enemiga sorprendió a los amantes en el campamento. Se dijo que don Pancho fue muerto por la espalda cuando intentaba salvar a La Delfina de los que pretendían violarla; también se dijo que fue sorprendido y asesinado mientras hacían el amor.
Seguramente los asesinos olvidaron que entre el caudillo y la soldadera el amor estaba hecho desde muy atrás. Tampoco faltó quien dijera que don Pancho fue denunciado por el celoso coronel Lucio Norberto Mansilla, malherido en su vana espera de los favores de La Delfina.

Sin embargo, la rivalidad entre Mansilla y Ramírez venía desde las hostilidades entre Artigas y don Pancho, en las que Mansilla colaboró con sus trescientos cívicos, pero cuando Buenos Aires y López se volvieron contra Ramírez, que intentaba recuperar el territorio paraguayo, Mansilla le quitó su apoyo porque según dijo: “No desenvainaré la espada contra mi ciudad de nacimiento”. Ramírez aceptó la disculpa y le pidió que por lo menos trasladase la infantería de Corrientes hasta Paraná. Mansilla pareció acatar, sin embargo no cumplió. Privó a Ramírez de las fuerzas necesarias y de ese modo lo precipitó a la ruina.

Sea como fuere, revanchas o celos, lo cierto es que el caudillo enamorado, el 10 de julio de 1821, con 34 años y después de la derrota de Fraile Muerto, fue asesinado por la espalda en Río Seco, a manos de las fuerzas santafesinas y cordobesas, que acabaron por decapitarlo para mostrar públicamente su cabeza. La Delfina fue rescatada por los leales a Ramírez y escoltada hacia Arroyo de la China. Se dijo que ahí, silenciosa y quieta, vivió hasta su último día.

El 28 de junio de 1839, Norberta Calvento desandaba las teclas del piano en un rondó cuando reparó en el paso cansino de un ataúd con su pobre cortejo. Era La Delfina. La Justicia Divina existe, murmuró entonces Norberta, que vestía de negro desde la muerte de Ramírez, muerto por culpa de esa mujer que al fin le pasaba por delante. Cuando perdió de vista el cortejo notó que ninguna huella dejaba en su marcha. Vaya a saber Dios por qué. Poco después manifestó su deseo de que a su muerte, fuera velada y enterrada con su traje. Pero ni aquel amor ni ese deambular por la eternidad vestida de novia, alcanzarían para convertirla en leyenda. El mito fue un privilegio que sólo alcanzó a La Delfina, un combatiente más en las huestes de Ramírez a quien tanto supo alentar en el amor y otras batallas cuando la patria los necesitó a los dos.



Fuente consultada: Revista Nº 15 "Cosas Nuestras" - Entre Ríos (Argentina) - Silvia Miguens -

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