Las mujeres y la soledad.

Publicado en por Los Derechos de las Mujeres

Para que la soledad, entendida como una instancia de la propia creación, prepondere sobre la soledad  aterrorizante y descalificadora, creo que es necesario trabajar críticamente algunas vivencias. En el caso de las mujeres estas vivencias suelen tomar la forma de ciertos giros verbales, como por ejemplo: estoy sola porque estoy abandonada, porque soy mala. El mensaje paterno-ancestral  que recibo con respecto a mi propia soledad es que en soledad me desnaturalizo. Represento algo que debe ser ocultado. En el horror a la soledad soy hija de los mandatos atávicos que creen definir la verdad consagrada.

El mandato materno-ancestral me dice: el éxito solamente se evalúa en tanto responde a una identidad con consenso social. La única posibilidad de ser uno es ser el otro.  De este modo nos llevamos por delante la tarea, el proceso y el infinito tiempo de construcción de uno mismo. Para salir del conficto que me plantea el saber quién soy, peligrosamente puedo hacer un "como si" para llenar el vacío de identidad. Si no puedo ser lo que puedo ser, si no acepto ser eso que realmente soy, quedo atrapada en un sueño: el de imaginar que soy lo que deseo, en vez de ser lo que puedo. Una mujer sola rompe el órden establecido, transgrede pautas ideológicas y valores tradicionales. En la sociedad en que vivimos, una mujer sola es una mujer castrada. Supuestamente ha fracasado. No ha podido consumar su femineidad. En la intemperie, expuesta al deterioro de la indefensión, no termina de ser mujer y se ve obligada a ser hombre. La soledad aparece así como un tiempo y un espacio poblado de fantasman que amenazan arrastrarla a un destino de dolor y de vacío afectivo.

Las mujeres tendemos a sustentar nuestra identidad en la presunta identidad masculina. Creemos ser en tanto tenemos un varón al lado. Su presencia nos otorga identidad. Nos enajenamos así del proceso de creación de nosotras mismas. Este fenómeno no involucra sólo a la mujer, sino también al varón. Al igual que nosotras, el varón tiende a sustentar su identidad en la presunta identidad femenina. En definitiva, la prueba supuesta de que uno existe sobreviene cuando se tiene otro al lado. Solamente puedo ser junto a otro que ratifica con su presencia mi existencia. Ésta es la presunción generalizada que afecta tanto a varones como a mujeres.

El matiz valorativo, sin embargo, tiende a evidenciar que vivimos en una sociedad machista: una mujer es en tanto hay un varón que la elige. Un varón en cambio es el que elige a una mujer antes de ser elegido por ella. Sola dentro de este planteo prejuicioso me convierto en una mujer en estado de inclemencia. La presencia del varón a mi lado me permite recuperar la imagen convencional que necesito para seguir circulando socialmente sin sentir vergüenza. No estoy sola, soy digna.

La ilusión de seguridad y protección que muchas veces las mujeres nos creamos y en las que creemos cuando tenemos un hombre al lado, ficciones infantiles en las que frecuentemente caemos, usurpan la conciencia de quiénes somos.  Dentro de este planteo convencional no necesito interrogarme, estoy acompañada. No importa por quién, no estoy sola. Cuento con el elemento indispensable que una cultura me impone para ser aceptada y no quedar marginada. Si rompo con estos valores consagrados, puedo convertirme en sospechosa e indecente. Paso a ser un desórden de la naturaleza. Muero socialmente. Me condeno al ostracismo dentro de mi propia casa. Quedo confinada a criar mis hijos. Así es como me extravío como tarea y como proceso. Pierdo la noción de que soy tiempo. La perspectiva histórica de mi lugar en la sociedad. Mi propio miedo a la marginación, a la soledad fantasmagórica de la falta de hombre me hace perder la trascendencia de mis circunstancias.

No puedo no interpretar mi vida en su dimensión psicológica y social. Me obligo a replantearme la escala de jerarquías con la que estoy viviendo. No puedo negar mi inserción en un tiempo que me determina, me condiciona, me premia y me sanciona.  

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Capítulo "SOLOS DE NOSOTROS" del libro "La mujer transgresora" de LILIANA  MIZRAHI - Coleccón Reflexiones - Emecé Editores - Barcelona -

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