Niños que agonizan sobre las vías del tren. (1)

Publicado en por Los Derechos de las Mujeres

El título del artículo nos estremece. ¿Dónde ocurrirá este genocidio? Muy cerca nuestro: en San Rafael, Mendoza, Argentina.

Cuadro Nacional, San Rafael: donde antes hubo trenes llenos de productos y personas, ahora hay un caserío arrojado sobre los rieles a la buena de Dios. Cientos de niños y de perros, de hombres y mujeres de Mendoza repitiendo un destino macabro, mientras los Dueños del Reino juegan a las zancadillas. Leé esta nota, entrá y permitite mirarla: esta es la provincia que supimos conseguir.
Pocas cosas más representativas de una provincia que se vino a pique que un asentamiento de indigentes levantado sobre las vías del tren. La imagen es particularmente poderosa porque resume dolores largos: la ausencia del tren (y yá se dijo que un país sin trenes no es país) y el crecimiento de la indigencia, en este caso, en una villa donde sobran los niños, los perros y el abandono institucional.
Estamos en Cuadro Nacional, distrito vecino de la villa cabecera de San Rafael. En la estación de trenes, donde antes hubo locomotoras que atravesaban el mundo cargadas de carbones, vinos, frutas, gentes y asuntos por el estilo, ahora, hay una villa con señoras tristes que riegan un par de tristes malvones y perros con garrapatas tristes y piecitas breves bajo el sol del Tercer Milenio. Bajo estos ilusorios hogares, hay rieles y durmientes y un par de galpones en los que malviven carteles de bienvenida de otros tiempos. Actualmente, el caserío alberga a más de mil personas, unas 160 familias, quince años de historia, 700 niños, 500 perros y por lo menos una docena de años de dejadez estatal. ¿Ayuda oficial? Ninguna.
La excusa, para los asentamientos de esta clase de terrenos, es la misma en nuestro sur que en nuestra ciudad: los terrenos del ferrocarril son nacionales, "entonces la Municipalidad de San Rafael y el Gobierno Provincial dicen que no se puede hacer nada". Hubo que ponerle un nombre al lugar y esta vez no primó el afán de eternidad a través de algún nombre asociado con alcurnias, prosapias o victorias: le pusieron Barrio Nuevo, así, cortito. VAMOS A CONOCERLO . . 
"Mire la villa, mírela"
Ni bien atravesamos el umbral del olvido, unos vagones se cruzan con una amenaza que oculta un chiste. "Cuidado con la villa, se pone peligrosa", larga uno. "¿Y hay laburito pa´los vagos?" dice otro. Rápidamente, llegan las risas y terminan por quedar descolocados cuando ven que, en realidad, vamos a hablar con sus madres, ese objeto divino dentro de la cosmogonía del pobre.
En las villas, ellas son las que saben cómo funciona el asunto que no funciona. Las madres, ustedes saben, siempre son las que todo lo saben y por todos velan. Y si algún progreso se logra, es porque hay madres detrás y esto es así, indefectiblemente, en cada rincón del mundo. Vamos a la primera casa: es otra mañana en la villa y el sol pega en las latas, mientras la señora Estela intenta reunir un litro de un hilito de agua que sale de su canilla. ¿Por qué todo tiene que ser siempre así de difícil? ¿No debería uno tener agua ni bien abre el surtidor? Uno imaginaría que semejante situación puede atacarla al abrir la heladera, pero es posible que ni heladera, mire, vea.
El problema aquí, no empezó con el asentamiento, sino que, según los vecinos, tendió a solucionarse, porque antes los galpones "eran aguantaderos de delincuentes". "Hace como cinco años que nos prometieron el barrio, pero nos piden tener el terreno comprado para hacer las casas y despúes pagar cuotas por lotes y por casa, y se hace difícil para nosotros" dice Estela, al pié del surtidor, y yá llega otra vecina.
Continuamos en el próximo artículo . . . . . . .  

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