Salud Mental, mujer y poder.

Publicado en por Los Derechos de las Mujeres

La salud mental de todos los seres humanos se encuentra atravesada por el poder. En consecuencia, es coherente comprobar que el patriarcado provoca enfermedad cuando coloniza mentes y cuerpos. Una de las consecuencias de esa colonización son los trastornos de la identidad. Defino identidad como el sentimiento de pertenecerse y ser una misma, a pesar de los cambios producidos en diferentes momentos y crisis vitales. Como cuando Orlando - el personaje que Virginia Woolf construyó para Vita Sackville-West - al mirarse en el espejo, se reconoce siendo la misma persona, a través del paso del tiempo y de un cambio de sexo.

Hay diversas formas de rebelarse ante el poder patriarcal y de enfrentarlo para librarse de la colonización. Una de esas formas es el síntoma. Desde esta perspectiva, hoy, en los umbrales de fin de siglo y fin de milenio, me pareció atinente hacer una rápida y breve comparación entre aquellas mujeres que hace un siglo concurrían o eran llevadas a los consultorios psiquiátricos o psicoanalíticos y estas otras mujeres de nuestros tiempos, que atraviesan momentos similares.

Para esta comparación no quede en algo teórico, me remito a la realidad de la clínica y con tal fin elijo a dos jóvenes que en el momento de la consulta tenían veintiún años, presentando ambas síntomas psíquicos y corporales. La primera, famosa en la historia del psicoanálisis, fue apodada Anna O. y nació en Viena en 1859. Fue precisamente con ella que se inauguró el psicoanálisis, esa nueva forma de abordar el psiquismo humano. No será fácil describir en poco tiempo la fascinante personalidad de Anna. Sufría de variados síntomas, entre ellos una tos persistente, asco por los alimentos y, a pesar de una atormentadora sed, no podía beber. Tenía parálisis en piernas y brazos y había perdido la posibilidad de hablar. Sus síntomas se habían empezado a manifestar luego que su padre se enfermara y al hacerse ella cargo de su cuidado. Anna, al enfermarse, pasaba a ser la que debía ser cuidada. Cuando su psicoterapeuta, Joseph Breuer-que en aquel entonces trabajaba con Freud- la conoció, supo que los males de Anna no eran del cuerpo sino del alma. Por eso hizo el diagnóstico de histeria. Una breve disgresión en torno de esta palabra, para decir que fue creada por las mujeres romanas de la época de Galeno. Ellas denominaban histeria a la reacción del cuerpo de la mujer ante una continencia sexual involuntaria. Estas mujeres no hacían más que transmitir el discurso patriarcal en torno de sus cuerpos. La histeria era considerada una grave enfermedad del útero, que, según los romanos de la Antiguedad, sólo se curaba con la actividad sexual y el embarazo. Durante la Edad Media, acusadas de brujas, las histéricas eran quemadas en la hoguera. Los psiquiatras de fines del siglo pasado y de principios de siglo-y todavía algunos otros de nuestros días-, trataban a la mujeres diagnosticadas como histéricas a través de la extirpación de ovarios, útero y clítoris. También se ponían sanguijuelas en los labios de la vagina o se introducían en ésta hielo y agua. Estas intervenciones médicas iban a menudo combinadas con las famosas curas de descanso, una forma de disfrazar un método de tratamiento que consistía en encierro, dieta, masajes, inmovilidad y electricidad. Tratamiento que se asemeja a los métodos de tortura usados con los prisioneros políticos con el fin de quebrarles la personalidad y hacerles tambalear en sus convicciones.

Cuando Breuer comenzó a tratar a Anna O. no utilizó ninguna de estas crueldades. Como él la escuchaba, ella, al poder hablar, bautizó al método que juntos iban inventando como "cura de palabras" o "limpieza de chimenea". Él admiraba la personalidad de Anna, reconociendo su inteligencia y sensibilidad. A pesar de algunos errores cometidos por Breuer, entre ellos interrumpir bruscamente el tratamiento, Anna salió adelante. Y como verdaderamente a través de sus síntomas hablaba, trocó en palabras el síntoma, diciendo lo que verdaderamente quería decir. Se transformó, entre otras cosas, en una hábil traductora. Además, fue una de las primeras asistentes sociales y una activa feminista. Se llamaba, en realidad, Berta Pappenheim. Emilce Dio Bleichmar habla del feminismo espontáneo de la histeria y esto es aplicable a Anna, que con sus síntomas decía que no aceptaba ser la enfermera de su padre. Quería elegir su propio camino. Y lo logró.

Volvemos a Buenos Aires y a 1993 para encontrarnos con una segunda joven, Claudia nacida en 1971. Consultó hace un año por no ser feliz. Sus padres se llevaban mal y ella no estaba contenta con la carrera de profesorado de jardín de infantes. Presentaba síntomas de depresión. Claudia tiene hermosos rasgos, una sonrisa dulce y un cuerpo armonioso. Es una joven llamativamente bella. A pesar de esto, la obsesiona su silueta. Relató haber pasado por un episodio de bulimia. Hacía bastante que no salía con chicos. Había tenido un novio varios años del que ella estaba muy enamorada, pero tenían discusiones en torno a la sexualidad. El quería hacer "cosas" que ella no aceptaba, eso daba lugar a discusiones y a un no ponerse de acuerdo. Ella solía no alcanzar el orgasmo y tenía episodios de vaginismo. Al poco tiempo de iniciado el tratamiento, Claudia puede relatar, por primera vez en su vida, que cuando tenía ocho años un hombre abusó sexualmente de ella. Por terror, no se lo pudo contar a sus padres.

La depresión de Claudia fue cediendo en la medida que empezó a hacer un proyecto para estudiar una carrera que la entusiasma. Pero volvió a aparecer un episodio de bulimia. ¿Cómo entender este síntoma? ¿qué expresa a través de él?

Claudia está conforme con su cara pero no con su cuerpo, al que, cuando se ve gorda, no siente suyo. Esto se relaciona con el episodio traumático de su niñez, cuando aquel hombre se abusó de ella. Él se había apoderado de su cuerpo, que ya no le pertenecía. Algo simliar le pasaba cuando su novio pretendía conductas sexuales que ella no aceptaba. Su vaginismo era una forma de decirle :" Aquí no entrás". Ella no quiere a su cuerpo porque lo considera responsable de las groserías que los hombres le dicen por la calle. Si lo adelgaza hasta el punto de quitarle formas, tal vez dejen de decirle esas cosas. El cuerpo pasa a ser propiedad de otros, de los que la violan a través de miradas, palabras o gestos. Claro que también recibe piropos pero con ellos no hay problema, porque hacen bien. No es fácil para Claudia diferenciar sexualidad de violencia, ya que en su experiencia han estado demasiadas veces confundidas. Ella necesita seguir adueñándose de su vida y de su cuerpo y dejar de maltratarse con los vómitos que se provoca. ¿Podrá llegar a sentir su belleza como un tesoro que es sólo de ella, aunque otros, sí, la puedan contemplar?.

Anna O. y Claudia representan a muchas otras mujeres que luchan para evitar una definitiva colonización de sus mentes. Lamentablemente, a veces algunas mujeres renuncian a la lucha y es cuando podemos hablar de enfermedad.

Las bulimias y anorexias de hoy, las histerias, depresiones y esquizofrenias de siempre, nos indican que el patriarcado se sigue ensañando con la mujer. Pero a pesar de la colonización, siempre tendremos tiempo de recobrar nuestra identidad. Es imprescindible seguir pensando juntas esos caminos.

 

Fuente: 12º Jornadas Feministas- Nov/93 - Ponencia de ISABEL MONZÓN -

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