Violencia de Género y relaciones de parejas en adolescentes y jóvenes.

Publicado en por Los Derechos de las Mujeres

 Algunas formas de violencia de género resultan más evidentes, entre ellas la violencia física y la violencia sexual (siempre acompañadas de la psicológica, por supuesto). Golpes, empujones y violaciones tienen más probabilidades de ser vistos como violencia en una relación de pareja o aparentemente “amorosa”.

Pero expresiones de violencia psicológica como las humillaciones, ofensas, gritos, amenazas, chantaje emocional son más difíciles de identificar. Lo cierto es que todas estas expresiones pueden ser encontradas en relaciones de parejas de adolescentes y jóvenes. En nada pretenden estas líneas agotar todas las formas de violencia de género que pueden ocurrir -y ocurren- en estas etapas de la vida, en el contexto de relaciones de pareja, amorosas o noviazgos, o de cualquier manera que se les quiera llamar. Mi intención va directo a uno de los posibles significados de la palabra que nombra esta sección: señales.

Me refiero a la necesidad de visualizar aquellos signos que permiten comprender mecanismos sostenedores de la violencia que se ejerce en función de si las personas son mujeres u hombres, o sea, aquella motivada por el hecho de que las personan asuman determinados modos de ser mujer u hombre, alejados de patrones tradicionales sexistas en correspondencia con el patriarcado más o menos evidente. Pretendo compartir, entonces, ideas sobre las particularidades de esos signos en etapas de la vida tan dinámicas y ricas en experiencias asociadas a la sexualidad, como la adolescencia y la juventud.

 

Una edad compleja

Especialmente en la adolescencia, es típica la necesidad de autoafirmación y la dependencia de criterios del grupo de pares. Muchos comportamientos propios de esas edades se relacionan con esta particularidad psicológica-evolutiva. Su asociación con estereotipos tradicionales del contexto social y del grupo de coetáneos, referidos a la masculinidad, conducen con no poca frecuencia a acercamientos sexuales para satisfacer las demandas grupales y no el interés propio.

Ello se refleja no solo en la elección de la pareja, sino también en la elección múltiple (también a la vez) de muchachas como compañeras amorosas o sexuales, en respuesta al mito de que el hombre debe responder a todo ofrecimiento sexual de una mujer y procurar una amplia diversidad de experiencias; mientras ellas deben controlar la cantidad de vínculos para quedar más cercanas a la virginidad. Unos y otros aprendizajes están marcados por las exigencias del desempeño de roles bien diferentes y contrapuestos.

Nótese que en ejemplos como este las víctimas no son solo ellas, sino también ellos, quienes deben esforzarse para cumplir con un patrón que les reafirma como personalidad ante el grupo, al tiempo que les compulsa a relegar a otros planos los criterios personales, con consecuencias para el crecimiento como personalidad. Si más allá, entre las consecuencias de tal “diversidad”, ocurren contagios de infecciones de transmisión sexual, embarazos y maternidades/paternidades no deseadas, la cadena de afecciones, por la lógica patriarcal, se extiende a otras generaciones.

Se trata de edades en las que se van conformando concepciones sobre la vida, las relaciones interpersonales, la familia, el amor y también se consolidan convencimientos y concepciones que naturalizan la violencia de género. Lo que debe hacer un hombre y lo que debe hacer una mujer, desde la cultura, atraviesa también la configuración de expectativas e ideales de relación de pareja más o menos conscientes, pero potenciales dinamizadores del comportamiento.

 

Esta cultura se “metaboliza”, otorgándosele una impronta desde el adentro de las subjetividades individuales y reflejándose en la cotidianeidad.

La pasión del enamoramiento, tan frecuente en edades juveniles, a menudo cristaliza en concepciones idealistas sobre el amor (“todo lo puede, es ciego, mueve montañas, todo lo espera”), sobre las que descansan luego vínculos de pareja basados en la dependencia y la sumisión. Reconocer las características de relaciones de pareja en las que se limita o restringe el crecimiento personal es muy buen entrenamiento para prevenir la violencia de género. Si ese entrenamiento ocurre en las edades mencionadas, en las que se consolidan valores y concepciones del mundo, mayores probabilidades habrá de evitar interacciones violentas en los vínculos amorosos.

El respeto a las diferencias y derechos de cada cual, unido a la no interferencia en el desarrollo del otro(a), la demanda de afectos y apoyos y también igualdad de oportunidades que entrañen justicia, deben ser expectativas sensatas para construir vínculos de pareja que destierren modos violentos de solucionar los conflictos, que nos llegan solo con estar vivas(os).

La capacidad para exigir y negociar el uso de condones; la defensa del derecho a decidir si tener o no relaciones sexuales y cuándo; el respeto a los gustos y preferencias sexuales, recreativas, escolares y profesionales; la configuración de criterios propios y la autovaloración que posibilite el establecimiento de adecuados niveles de autoestima constituyen áreas de formación importantes para adolescentes y jóvenes, y que no son factibles de abordar solo con información.

Se requieren prácticas y entrenamiento de habilidades que consoliden concepciones basadas en derechos humanos, y que destierren la violencia y sus daños, como comportamiento “habitual y cotidiano”.
No es la violencia de género exclusiva de relaciones de pareja en los más jóvenes, pero sin dudas, éstas constituyen edades en las que es muy necesario y oportuno advertir las “señales” que podrían impedir el anclaje de mecanismos generadores de daños para mujeres y también para hombres.

 

Fuente: Sitio web de Las Humanas - Chile - Por Mareelén Díaz Tenorio (Máster en Psicología social e investigadora del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS) - SEMlac - 28/09/11 -

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