Afganistán: Los avatares de ser niño.
La universalmente aceptada idea de concebir la infancia como una de las etapas más hermosas en la vida de los seres humanos encuentra un descomunal mentís cuando se intenta aplicar en Afganistán.

A esas edades disfrutamos hasta la saciedad tales armas ficticias útiles para exterminar enemigos imaginarios y vemos las guerras como un simple juego que termina sin muertes ni traumas, ni las extensas negociaciones coronadas con acuerdos muchas veces incumplidos.
Sin embargo, esos avatares forman la realidad tangible de miles de niños afganos, para quienes salvar la vida constituye el anhelado premio al final de cada día.
Tal recompensa se les escurrió a los más de 700 menores que el año pasado murieron en ese país centroasiático a causa del dilatado conflicto militar, según la organización de derechos humanos Afghanistan Rights Monitor (ARM).
Al margen de la reveladora estadística, la asociación señala a ese grupo como uno de los más vulnerables a los daños de la guerra y criticó con dureza el escaso compromiso de las partes en disputa por revertir tal tendencia.
Los infantes copan las interminables listas de víctimas colaterales de los enfrentamientos entre las agrupaciones rebeldes y las fuerzas ocupantes de la OTAN, acantonadas allí desde finales de 2001.
Aunque ese fenómeno se extiende por toda la nación, las sureñas Kandahar, Helmand, Kunar y Kunduz permanecen como las provincias más peligrosas, donde un bombardeo de la OTAN, un tiroteo o un atentado suicida pueden disponer del destino de un inocente.
Pese a la alarmante situación, las cifras del año pasado podrían mirarse con cierto alivio si se asume un optimismo ingenuo, tan sólo justificable por los vergonzosos datos de 2009 divulgados por ARM.
En esos 12 meses las armas cercenaron la existencia de más de mil niños afganos, un promedio de tres decesos diarios, lo cual colocó a tal año como el más mortífero para este grupo desde el estallido de la contienda.
Estudios de la Unicef sitúan a Afganistán como uno de los países con mayores riesgos para la seguridad de los niños, quienes conviven con la miseria, la zozobra y la orfandad.
De acuerdo con ese organismo, uno de cada cinco menores afganos fallece antes de cumplir cinco años, mientras la tasa de mortalidad infantil supera los 250 por cada mil nacidos vivos.
Afganistán es uno de los países más peligrosos en los que un niño puede vivir, aseguró recientemente la enviada de la Unicef para Asia del Sur, Sarah Crowe, en respuesta a los cuestionados comentarios de un representante de la OTAN sobre la seguridad en Kabul.
Un responsable civil de la alianza noratlántica consideró a esa capital más segura para los niños que muchas urbes occidentales como Londres, Nueva York o Glasgow.
Para Crowe, tales declaraciones distorsionan la dura realidad de la infancia afgana, víctima también de enfermedades curables como la neumonía o las diarreas.
Paralelamente, cinco millones de los menores no se encuentran escolarizados (más de las tres quintas partes son niñas) y sólo seis de cada 100 aparecen registrados oficialmente, lo cual les priva de amparo legal.
Por otro lado, el acceso a la salud para buena parte de los infantes afganos resulta una auténtica quimera y muchos fallecen por enfermedades curables ante la falta de atención médica y la casi inexistente labor de prevención.
Estadísticas de la Organización Mundial de la Salud indican que cada año 180 mil lactantes afganos se quedan sin vacunar durante las etapas de inmunización.
Futuro en penumbras
Rodeado por semejantes circunstancias, no resulta complicado comprender cuán comprometido se muestra el futuro de la niñez en una nación signada por la miseria y el caos.
En septiembre pasado el presidente Hamid Karzai afirmó sentirse muy preocupado por el porvenir de los afganos, tomando en cuenta las dificultades actuales.
Según reportes de medios de prensa nacionales, Karzai advirtió que los graves problemas sociales existentes auguran un futuro negro para la población, principalmente la niñez.
El mandatario reconoció su temor a que la inseguridad y la incertidumbre generalizadas impulsen a las venideras generaciones de afganos a buscar soluciones en el extranjero, con el consecuente debilitamiento de la identidad nacional.
Con ayuda de organismos internacionales y otros países, las autoridades afganas intentan extender por su territorio programas de mejoramiento de la calidad de vida para la niñez, en especial los vinculados a la alfabetización y la vacunación.
Empero, la violencia y el desorden imperantes obstaculizan la concreción de esas iniciativas y los grandes perjudicados son los niños, quienes desde su silencio imploran el fin de una guerra interminable.
Fuente: Argenpress.info - FRANK MARÍN VERGARA - (PL) - 11/03/11
Publicidad