Ancianos ente el envejecimiento, la enfermedad y la muerte.

Publicado en por Los Derechos de las Mujeres

233856.jpgPero, cuando la lucha contra la naturaleza se hizo menos cruel, se pudo hacer distancia y el anciano pudo comenzar a ocupar el lugar de la sabiduría e incluso con el desarrollo de la magia y la religión, llegaría a considerárselo un ser con poderes especiales; como si los pueblos empezaran a comprender bien el dicho de que "más sabe el diablo por viejo que por diablo".

Los viejos sabios, los ancianos de la tribu empezaron a ser los encargados de transmitir la tradición oral, la historia, de memoria del clan, del saber, yá que la experiencia de vida los hacía depositarios de la ciencia; se comprendía bien que la experiencia es la madre de la ciencia; en esas sociedades, el viejo era el guardían de los recuerdos del pasado y ello le hacía merecedor de todo el respeto.

Tribus, como la de los zandas de Sudán, pensaban que los ancianos poseían conocimientos útiles y, por ende, eran los hechiceros más poderosos. Así las cosas, la edad les confería prestigio y llegaban a ser los jefes de las comunidades o se convertían en chamanes, que curaban las enfermedades. Entre estos primtivos, el anciano se convertía en un gran Otro, poseedor de los secretos de la cultura lo cual no deja de producir conflictos y ambivalencias, mociones de amor y de odio, y de acuerdo con ella se puede subvalorar o idealizar al viejo.

Cosa muy distinta ocurre en la sociedad postindustrial, para utilizar el concepto del sociólogo francés Alain Touraine, para referirse a las sociedades desarrolladas, con sus fuerzas productivas, con su avanzada tecnología y su espíritu economicista, generadora de una gran alienación, donde aún gente muy joven empieza a considerarse improductiva, por no estar al tenor del desarrollo tecnológico. En fin, vemos como la condición del viejo depende del contexto social pero cuando éste es hostil, no se dan situaciones como las mujeres que luchan por la igualdad, o los negros que se rebelan contra la opresión pues nunca vemos que haya asociaciones de viejos para defenderse de las hostilidades y arbitrariedades de su medio social.

La situación de la vejez en la sociedad contemporánea puede llegar a ser escandalosa, ya que nuestro mundo se desentiende fácilmente de los viejos, culpable de una indiferencia asombrosa, como si nadie pensara que él mismo ha de llegar a viejo; en la vida privada, ni los hijos, ni los nietos se esfuerzan por suvizar la suerte de sus mayores y se los trata como si fuesen una especie extraña, que inspira aún cierta repugnancia, como si al apartar al viejo, lográramos desmentir nuestro destino, que él con sus canas y sus arrugas presentifica; entonces, la vejez se desacredita como tal.

A los viejos se los trata en la práctica como seres inferiores y decadentes y el joven los tiraniza de forma solapada; mientras ante el ser humano longevo aparecen todos los conflictos no resueltos de los vínculos anteriores. Es como si el anciano se convirtiera en una caricatura del joven, en rey de las burlas, no exentas de sadismo y crueldad.

Ello hace que a los ancianos se los "archive en clínicas, residencias y pensiones, que se convierten en auténticos negocios".

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