Cuando la discapacidad tiene cara de mujer.

Publicado en por Los Derechos de las Mujeres

Muchas veces se identifica a la discapacidad con una silla de ruedas o un bastón blanco, sin pensar en las y los sujetos que tienen algún tipo de deficiencia física o mental. Menos aún, se piensa en el género y suele asociarse a las y los niños o jóvenes.discapacitada.jpg

La invisibilización constituye una vieja problemática que, aún hoy y pese a las campañas de concientización desde algunas organizaciones no gubernamentales, todavía sigue siendo de notable importancia por cuanto el Estado ha optado por políticas sectoriales y transversales antes que implementar políticas integrales destinadas a abarcar las diferentes problemáticas que encierra.

En el Día Internacional de Lucha contra la Violencia hacia la Mujer, nos encontramos con un gran abanico de reclamos desde el género femenino; algunos de los cuales, en forma indirecta, tienen relación con la mujer con discapacidad y la mujer que acompaña a alguna persona con discapacidad. Sin embargo, dicha invisibilidad mencionada anteriormente provoca que no se conozcan algunas cuestiones que afectan a ambas, las cuales son de gran importancia.

Hablar de violencia, en principio, nos obliga a pensar en la existencia de una relación de poder, de mando y obediencia notoriamente exacerbada por una personalidad que se ha formado con un molde reacio a las cuestiones que atañen al pensar en el diferente y al respeto a las normas. En el primer caso, nos referimos al machismo como dogma preponderante en muchos varones y que se cultiva desde la juventud y en el segundo, a las instituciones públicas y privadas que suelen obstaculizar o soslayar el cumplimiento de la normativa vigente a quienes ejercen sus derechos.

Dependiendo del ámbito en el cual se cometan este tipo de actos, nos encontraremos con la violencia familiar, social e institucional donde la fuerza suele condicionar las conductas de quienes son obligados a responder a ella.

Sin embargo, cuando se ejerce contra una persona con discapacidad resulta notorio el aprovechamiento de las desventajas producidas por la deficiencia que posee por parte del victimario, lo cual impide, en muchas ocasiones, la defensa de sus derechos conculcados.

Y si se trata de una mujer con discapacidad, ello se agrava notablemente dependiendo el tipo de deficiencia. En general, comienza desde la familia; a veces, en su infancia y en otras, en su adolescencia afectando a quienes poseen discapacidad mental o intelectual, en su gran mayoría, trasladándose luego a lo social e institucional en la adultez.

La violación de niñas y adolescentes con discapacidad mental ha sido noticia lamentablemente en muchas oportunidades, de la mano de parientes cercanos que aprovecharon su condición para estos actos aberrantes y solamente pudieron ser rescatadas de sus garras, gracias a otros familiares o vecinos que conocían a la ocasional víctima. Y muchas veces, fueron jueces valientes los que autorizaron el aborto si ellas quedaban embarazadas, teniendo en cuenta la enorme presión de los grupos católicos y de la misma Iglesia.

En mujeres adultas, suele advertirse en la sutil discriminación a nivel laboral y educativo por cuanto empresarios y directivos escolares suelen retacear las oportunidades a quienes poseen algún tipo de discapacidad, pese a las leyes vigentes en nuestro país. De igual forma, en la vejez, son institucionalizadas en gran medida ya sea por la familia o el mismo Estado.

No existe diferencia entre la violencia física o moral, siempre constituye un cercenamiento de derechos, el cual se agrava por la indefensión en la cual se encuentran estas integrantes del género femenino.

Distinto es el caso de aquellas que acompañan a una persona con discapacidad; en particular, las madres que acompañan a sus hijos e hijas. Ellas suelen estar en continua actividad debido a la atención de las patologías que aquejan a su prole, debiendo limitar notoriamente su labor hogareña y ello provoca, cuando no existe un consenso familiar, en discusiones de pareja que terminan a los golpes e insultos.

Sin dudas, la indefensión se debe, en este caso, a la necesidad de preservar a las y los hijos, más allá de su propia personalidad, la cual muchas veces descuida en gran proporción.

También podemos encontrar casos referidos a agresiones provocadas por las personas a quienes cuidan, las cuales en plena conciencia de sus actos se aprovechan de su minusvalía para ejercer violencia sobre sus cuidadoras.

Pero de estas cosas no se habla. Solamente son problemáticas transversales, de acuerdo al discurso socio - sanitario hegemónico como producto del neoliberalismo que supimos conseguir.

Y la discapacidad también tiene cara de mujer. Ya sea aquella que posee una deficiencia como la que se dedica con esmero al cuidado de una persona con discapacidad. Pero la violencia social e institucional la agrava sustantivamente.

Desde la negativa a tomar las denuncias por violaciones por parte del personal policial a la lucha por la obtención de aquella medicación necesaria, nos encontramos con un amplio abanico de situaciones violentas a nivel social e institucional.

Pero es el Estado quien tiene la responsabilidad de establecer las políticas y de cumplir con la normativa vigente. Y lamentablemente, es el gran ausente aún hoy, pese a las políticas sociales que se vienen implementando.

La falta de capacitación de los agentes públicos en materia de discapacidad, el incumplimiento en las prestaciones establecidas por la normativa vigente y la ausencia de voluntad política para solucionar los inconvenientes provocados por las diferentes barreras sociales y estatales conspiran contra la posibilidad de una vida digna para las mujeres con discapacidad, en particular y del colectivo, en general.

En consecuencia, también el Estado es violento por cuanto las acciones de sus funcionarios constituyen actos lesivos en lo físico y en lo moral.

Hoy más que nunca se impone continuar la lucha por esas mujeres que siguen trabajando en la construcción de su destino, pese a sus deficiencias y por quienes acompañan a sus hijos en la tarea de convivir con su discapacidad. Y la mejor manera, sin dudas, es acompañarlas en sus enésimos reclamos y colaborar en la construcción de otro mundo en donde ellas sean realmente valoradas.

No es poca cosa en estos tiempos tan volátiles como violentos . . . .

 

Fuente: JUAN CARLOS SANCHEZ  (Especial para ArgenPress.info) 25/11/10

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