| Más de 200 millones de personas viven fuera de sus países de origen, según cifras de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), de las cuales 98 millones son mujeres. Ya en 1960, las mujeres representaban el 46.6% del total de migrantes internacionales, estimándose para América Latina y el Caribe un promedio de 45.3 y 44.7%, respectivamente. Tres décadas después, las mujeres constituyen el 50.5% de los migrantes procedentes de América Latina y el Caribe y en los últimos 20 años, se incrementa la tendencia ascendiendo a 30 millones los hombres y mujeres que migraron. Es decir que 5% de la población vive fuera del continente. Los y las migrantes procedentes de Bolivia, El Salvador, Haití y Nicaragua superan el 20% del total de sus poblaciones, mientras que los originarios de Ecuador, Guatemala, Honduras, Perú y Uruguay representan más del 10% de sus habitantes absolutos. La Organización Internacional del Trabajo (OIT), señala que hay 65 millones de personas trabajando para un país que no es el suyo, con o sin autorización. Más allá de las cifras, el cambio radical de los últimos cuarenta años consiste en que se ha masificado la migración independiente de mujeres en busca de trabajo, en vez de hacerlo solo como “dependientes” familiares (viajando con sus esposos o reuniéndose con ellos en el exterior), fenómeno que cruza a todos los países del mundo. De los 209 estados del mundo, 43 son países de recepción, 32 países de salida y 23 que son de recepción y salida. Entre las causas de la migración femenina actual, las económicas tienen el mayor peso lo cual pasa por el alto desempleo en sus países, siendo Ecuador y Perú las naciones más expulsoras, realidad que -en el caso peruano- desacredita al tan promocionado “crecimiento económico”, o evidencia una pésima distribución de los ingresos o, peor aún, que el mercado global está ganando batallas al profundizar las desigualdades económicas, sociales, de género y étnicas, favoreciendo la violencia y discriminación contra la mujer. El precio de un sueño La “feminización” de la migración ha dado origen a labores de reproducción social, estableciendo una cadena transnacional de trabajadoras domésticas. Son las migrantes quienes terminan asumiendo el costo del progreso de las familias de los países desarrollados, a costa de su propio retroceso, a su anquilosamiento en el escenario de lo privado. Un ámbito donde la vulnerabilidad de las migrantes salta a la vista es la trata de personas a escala internacional, destinado a la prostitución u otras formas de explotación laboral. El Fondo de Población de Naciones Unidas en su informe del 2000 señala que 4 millones de mujeres son vendidas cada año con fines de prostitución, esclavitud o matrimonio. La Organización Internacional de Migraciones calcula que 500 mil mujeres ingresan cada año a Europa como consecuencia del tráfico con fines de explotación sexual. Para entender esta salida masiva de mujeres es preciso mirar hacia la segunda mitad del siglo XX en que se producen las migraciones internas, del campo a la ciudad, vividas en Latinoamérica, debido a los cambios estructurales. Se calcula que sólo entre 1930 y 1990 la migración del campo a la ciudad movilizó a cerca de 100 millones de personas dentro de América Latina y el Caribe. Hoy casi el 70% de su población reside en zonas urbanas. Latinoamérica pasó de tener sociedades rurales a grandes concentraciones urbanas. A partir de 1990, al impacto de la aplicación de las políticas de ajuste estructural en las mujeres se denominó feminización de la pobreza, lo que significó la incorporación de la mujer a empleos precarios y a subempleos de diverso tipo para complementar la caída de los ingresos y la reducción del gasto social, aumentando significativamente la carga de trabajo de las mujeres. Hoy en día, más de la cuarta parte de las migrantes peruanas (27%) tiene como principal fuente de empleo al servicio doméstico, la atención y cuidado de enfermos, ventas callejeras, dependientes de bares o restaurantes; trabajos donde se realizan actividades reproductivas u operarias de la industria textil, contratadas por fabricantes informales, en condiciones de precariedad, lo cual las confina a la más absoluta vulnerabilidad, invisibilidad y las perpetua en el ámbito de lo privado, limitando sus posibilidades de desarrollarse en actividades productivas e insertarse en el espacio público. “La transnacionalización y feminización de la mano de obra, son procesos que han ido articulándose simultáneamente. El mercado laboral en su demanda de mano de obra flexible y barata hace uso de identidades laboralesconstruidas a partir de las relaciones de género, etnia y clase”, precisa la española María Ángeles Escrivá, autora de “Peruanas en España”. Devaluación y precarización El oficial de proyectos para la comunidad andina de la OIM, Óscar Sandoval, precisa que de todos los migrantes peruanos, el 57.1 por ciento son mujeres. Comparados con la mayoría de migrantes latinoamericanos y del Caribe, “el nivel educativo de los peruanos en el exterior es alto": el 29 por ciento ha concluido la secundaria, el 19% la universidad, el 17 % estudios tecnológicos; el 12 % asegura contar con una carrera universitaria a medias y el cinco por ciento con estudios tecnológicos incompletos. En suma, más del 80 por ciento de los migrantes peruanos concluyó la educación escolar. La mayoría son mujeres. Es decir que buena parte de los migrantes trabaja por debajo de su calificación, y que la migración, “devalúa” la formación y experiencia previas. A esta “devaluación” se suman los problemas de documentación, que contribuyen a la precarización, independientemente de las características del puesto. Uno de los impactos de la internacionalización de la migración, es el creciente flujo de remesas que, en el Perú, hasta febrero de este año, bordeó los dos mil quinientos millones de dólares, aproximadamente 2% de nuestro PBI. Más de la mitad de esas remesas, tiene nombre de mujer pues se ha comprobado que las mujeres son más constantes en el envío de remesas. El hecho migratorio es causal y complejo. Un gran flujo de mujeres migran en función a la demanda laboral en los países de destino migratorio (EE.UU España, Chile Japón, Italia, Argentina, etc.), donde las propias del lugar, no realizan los trabajos domésticos, los que se ofertan a las migrantes quienes lo aceptan por un relativo “bienestar” a costa de la explotación, abuso laboral y de otra índole. Las estrategias desarrolladas por mujeres migrantes para enfrentar la discriminación y la xenofobia, se centra en la invisibilización y el silencio, lo cual contribuye al desempoderamiento tanto público como privado. Enfoque de género La mayoría de estudios sobre movimientos migratorios se limitan a contextualizarlo dentro de los cambios económicos y políticos sin tener en cuenta que la globalización de la economía no actúa separada de los sistemas de creación de desigualdades de género. Según Pablo de la Vega se tiende a observar la realidad desde dos sentidos extremos: de “victimización” por los impactos negativos, de la población emigrante en los países emisores y de ponderación de las bondades de la migración de cara a las remesas que generan, lo que contribuye a que los gobiernos eludan su responsabilidad social y orienten hacia la mano de obra barata de sus ciudadanos en el exterior, el peso del desarrollo de Estado, dejando fuera de análisis otras causas y condiciones de índole social, de desarrollo humano y personal. Al respecto urge recuperar las relaciones entre la construcción social del género femenino y el funcionamiento de los mercados de trabajo. Teóricamente las mujeres se movilizan con mayor autonomía que en décadas pasadas, pero lo hacen de acuerdo a los vaivenes del mercado y en busca de mejores posibilidades económicas que les garanticen la mejora de suestatus social y económico. A cambio de ello asumen pérdidas tales como la fractura familiar, en lo particular y en lo social el progresivo despoblamiento de jóvenes – que son la reserva de toda nación – o “fuga de talentos” y el consecuente envejecimiento de la población de los países expulsores. Las políticas migratorias europeas que solo tienen en cuenta el mercado de trabajo y la migración legal con contratos en los países de origen, están legitimando el tráfico de personas, al dejarlas como simples elementos productivos puesto que, cuando las leyes de inmigración son más restrictivas y discriminatorias, las redes internacionales de tráfico adquieren protagonismo captando mujeres y menores para prostituirlas y explotarlas en talleres ilegales. Incorporar el enfoque de género en el análisis del fenómeno migratorio, significa visibilizar a hombres y mujeres que viven esos procesos. Las causas que los impulsa a migrar, las condiciones que enfrentan desde el país de origen al de destino y los impactos diferenciados de genero que las políticas migratorias producen en hombres y mujeres, en relación al reforzamiento de roles domésticos, y el ámbito privado la inseguridad salarial en la esfera productiva, la insensibilidad y el impedimento del ejercicio de su ciudadanía; y sobre todo debemos, ejercer férrea vigilancia para que nuestros gobiernos, cumplan con las disposiciones internacionales, tales como el punto 46 de la Plataforma de Acción de Beijing; la Convención Internacional sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migratorios y miembros de sus familias y, entre otros, el Plan Nacional de DD.HH. del Perú. Publicado por AIDA GARCIA - Lima (Perú) - Responsable del Programa de Género del Centro de Asesoría Laboral del Perú (CEDAL) en Boletín CHOIKE 09/06/10 - FUENTE: Espacios sin fronteras. |