Historia del Matriarcado (2).
El matriarcado a partir del siglo IV
En los siglos IV y V prospera el «Círculo de las Mujeres» de Roma, formado por unas damas nobles en tomo a San Jerónimo y las viudas Marcela y Paula, que se dedican al estudio de la Biblia y dominan el hebreo y el griego. Se dice que colaboran en la traducción conocida como Vulgata, y fundan monasterios de mujeres en Roma, y en Belén y otros lugares bíblicos.
En el siglo XI, la teóloga Hildegard von Bingen sostiene en su libro Savias que el cristianismo se funda en el amor materno y no en la ciega obediencia a Dios Padre.
La mujer es la mediadora entre el hombre y Dios, haciendo posible una relación de amor entre ambos.
Del siglo XVI data el movimiento de las beguinas, encabezado por Mechilde von Magdeburg, una visionaria que concibe la relación con Cristo como un vínculo de amor sexual («nuestra doble comunidad es el eterno placer sin muerte »). Defiende una religiosidad íntima: el que ha encontrado a Dios puede prescindir de los sacramentos.
Como el marido a la esposa, el amor de Dios es desgarrante. El Logos, Palabra de Dios o Espíritu Santo, es identificado con una suerte de comadre: «Así habló el Espíritu Santo al Padre: Sí, Padre amado, quiero llevar a la esposa a tu lecho».
La Iglesia, como es de esperar, persigue a las beguinas, acusándolas de herejía, burlas a Dios y lesbianismo. Procesos y quemas públicas acaban con el movimiento en el siglo XV. No lejos de ellas, el Meister Eckhardt proclama la prescindencia de la Iglesia y la confusión con Dios: «He llegado a ser uno con Dios».
Las mujeres son excluidas del estudio de la teología. En el siglo XVII, por ejemplo, Anna María Schurmann deberá seguir las clases desde una especie de jaula de cristal que la aisla de sus compañeros de aula. Pertenece al movimiento labadista, que propone una suerte de refundación de la Iglesia, un retorno al cristianismo primitivo, con igualdad entre los sexos, comunidad de bienes y supresión de los cultos dominicales, pues el mundo es un eterno Sábado.
Por la misma época, María Ward funda el movimiento de las «señoritas inglesas», organizando agrupaciones de mujeres que estudian lenguas, artes varias, canto y trabajo manual. La Inquisición romana la juzga por herética.
En el siglo XIX, Elizabeth Cady Stanton escribe una Biblia de las mujeres, iniciando una relectura feminista de las Escrituras que intenta desplazar al tradicional patriarcalismo semítico que se les atribuye.
En efecto, en la Biblia hay dos versiones de la Creación. En Génesis 1,27 Dios crea al hombre y la mujer a su imagen y semejanza y les entrega la Tierra en servidumbre. Pero el mismo Génesis (2,23) muestra a Dios haciendo al varón con barro y extrayéndole una costilla que convierte en mujer.
En la primera versión hay «igualdad» de sexos, en tanto que la segunda hace derivar la mujer del varón, convirtiéndola en su apéndice. La teología feminista actual parte de la pregunta: ¿Cómo pueden las mujeres aceptar a un Dios único que es varón? Para contestarla, cuestionan la originalidad de este Dios que extrajo el orden del caos: lo original es el caos, que es femenino.
En el principio, era la mujer y, tardíamente, San Pablo someterá la mujer al varón. En otra vertiente (Phillis Trible, Letty Russel, Virginia Mollenkott; Crista Mulack, etc.), el Dios bíblico es visto como una Diosa, cuidadosa y protectora como una madre. Un Dios andrógino, una Diosa travestida de hombre, que transmite su bisexualidad a Cristo.
Alguna autora, como Elga Sorge, considera a Dios como viril pero impotente, pues encubre su impotencia latente con una omnipotencia manifiesta. Una suerte de Urano, dios castrado y ocioso que se desinteresa por su Creación. Félix Christ identifica a Cristo como una reedición de la clásica Sofía, sabiduría femenina. Esta transexualización de la Sagrada Familia intenta derogar el patriarcalismo semítico tradicional.
Virilizar los dioses es una manera de manifestación del amor narcisístico del sexo masculino por sí mismo, expresión de una homosexualidad latente, que absorbe de modo vampírico el costado femenino de su nativa bisexualidad.
La mujer es inmolada para dar vida al varón y éste la ama en tanto víctima sacrificial, o sea en tanto muerta. Lo femenino resulta ser un botín de guerra de lo masculino, vacuo y pasivo recinto donde el hombre deposita su simiente. El franciscano brasileño Leonardo Boff practica una sutil recuperación matriarcal de la Iglesia, concibiéndola como esencialmente mariana.
María es el miembro más eminente de la Iglesia, pues Ella llega a serlo por su mediación. En efecto, el cristianismo es la religión del hijo de Dios, que sólo existe por intermedio de María, que es la virginidad maternal de la libertad: la consagración total a Dios. María hace posible que Dios se humanice y que el hombre se divinice.
Cristo es la síntesis de ambos, pero María, como toda madre, es anterior. En ella, el hombre se despoja de sus malos atributos viriles (instintos de posesión y violación) y se unce reflexivamente al otro (la unción). En María, Dios y el hombre se revelan mutuamente. A través de María, Dios se autorrealiza en su humanidad. Redimir a una humanidad regenerada por la madre, esa es la misión de Cristo en la historia.
Dios, pues, ha elegido a María para realizar sus partes femeninas. Dios, es en definitiva, a la vez, masculino y femenino. El Espíritu Santo incorpora a María a la Santísima Trinidad, haciéndola su templo y su tabernáculo. Del triángulo, emblema de la perfección, se pasa al cuadrado, emblema del cosmos, doble triángulo. María es, como las antiguas diosas matriarcales, una regeneradora. Este Dios que, por diversa vía, llega a reunir los caracteres simbólicos de ambos sexos, es una respuesta imaginaria al primordial misterio de la existencia misma de dos sexos.
¿Por qué somos individuos sexuados? ¿Por qué los sexos son dos? La dualidad lleva a una lógica binaria de oposiciones y el final triángulo o el cuadrado final emergen, con su muda y elocuente geometría, del par fundamental.
El mito del andrógino es una respuesta conciliadora al conflicto de los sexos, expresado en las culturas matriarcal y patriarcal en torno al tema del sujeto en la procreación, es decir la determinación de cuál sexo es principal y cuál, accesorio, en tal extremo.
La fantasía en ambas culturas, por parte del sexo dominante, ha sido la autosuficiencia. Ella implica decretar que el sexo secundario es prescindible en la reproducción y puede sustituirse por un artefacto o un milagro. La cubeta, el banco de semen o la piedra mágica, el mágico rayo de sol olímpico.
En su estudio sobre el plexo de conceptos que connotan los símbolos del huevo y la serpiente, Bachofen adjudica al primero un carácter femenino (vinculado con: el fundamento material originario, la plenitud, el reposo, el refugio, la fortuna doméstica, la unidad, lo santo como lo intangible) y a la segunda, un carácter masculino (vinculado con la energía, el dominio, la lucha, el crecimiento, el combate tanto ofensivo como defensivo, el genio de la vida o la vida como genialidad, la dualidad entre generar y destruir, lo sacro como lo consagrado, la distinción entre lo sagrado y lo profano).
El huevo, masculino, es símbolo emblemático de la mujer y la serpiente, femenina, lo es del varón. Oposición y llamado a la androginia. En cualquier caso, dinámica de la historia, entendida como un drama con dos personajes simbólicos. Si bien la mujer tiene el privilegio de ser lo anterior, lo dado, la madre que precede al hijo, el varón exhibe el privilegio contrario (y complementario): lo que ha de ser, el devenir, la secuencia.
Si ella señala el camino hacia lo oculto, la homogeneidad propia del género, el vínculo de alteridad, la demasía (relación con los demás), la inmersión en la vida múltiple y móvil, él indica la heterogeneidad de la existencia individual, la relación del sujeto consigo mismo y el saber como un orden de ideas elevado sobre la naturaleza. El par tiene consecuencias esenciales para el mundo de la épica que, finalmente, es el que nos ha traído hasta estos apuntes de antropología y religiones comparadas.
En el orden de las cosmogonías, las hay femeninas y masculinas. Las primeras privilegian el caos oceánico originario o la figura del huevo, que contiene, en germen, todas las múltiples determinaciones del universo. Las segundas, en cambio, ponen en primer lugar la emergencia de la serpiente oceánica como hora cero de la creación.
La serpiente es un animal fálico, un eje, una frontera, un bisel que actúa como primer acto de distinción y, por ello, de pensamiento que identifica y da o reconoce al ser (la luz se distingue de la tiniebla, etc.). Por su parte, en el orden del relato épico, la mujer es la madre iniciática, depositaría del saber eterno y repetitivo, que sirve al héroe como guía en el sendero que conduce a su propia identidad, al reconocimiento de sus propias potencias. Pero ella, en tanto género, es inmortal y, por lo mismo, carece del anhelo de la inmortalidad que mueve al héroe, individuo mortal. Ella es la humedad vegetal que vive transformándose en el mundo sublunar. El, consciente de su mortalidad, busca la certeza mineral y extraterrestre de la claridad solar.
Unitaria y confusa, la mujer es la misma en sus dos mitades, femenina en ambas. En cambio, el varón es dual y conflictivo, pues su mitad masculina está como superpuesta sobre un fondo nativo, de sesgo femenino. La mujer representa el principio de acuerdo, de armonía cósmica. El hombre, la existencia como drama, como puesta en escena de la inadecuación, como creatividad. Baudrillard, al rozar el tema en sus reflexiones sobre la seducción, describe lo femenino y lo masculino como dos categorías que no tienen correlato ni son comparables.
El poder masculino representa el dominio sobre el mundo real, en tanto que la seducción femenina, sobre el mundo simbólico. El poder de la mujer reside en ser pura apariencia, frente al reclamo de hondura y realidad que proclama el varón. La mujer no es nada y su ser resulta un atributo que el hombre le adjudica. Por esto, ella es original y superior: dominante.
El patriarcado (Baudrillard sigue aquí a Bruno Bettelheim) es una construcción tardía que los varones han hecho para compensar el fundacional poder femenino. Pero «la parte de la mujer» sobrevuela la diferencia de sexos, porque es la in-sexualidad que atraviesa, al sesgo, todo tipo de sexualidad. La mujer tiene la capacidad de seducir, lo cual, etimológicamente, significa «desviar»: jugar sin gozar, esquivarse, ocultarse, hurtar el goce del otro. El «sexo» femenino es la constancia igual a sí misma, frente a la intermitencia viril. Uno es secreto, el otro es productivo, es decir capaz de tornar evidente lo oculto.
La seducción sustrae al discurso su sentido y lo desvía del camino de la verdad, ambas tareas masculinas. Hemos pasado por el matriarcado y el patriarcado. Ahora, nuestro signo parece ambiguo, tal vez porque se trate de una etapa de síntesis o conciliación. Baudrillard describe el fenómeno señalando que asistimos a un proceso de ahondamiento de la mujer, que pierde sus poderes tradicionales, en tanto el varón cultiva su apariencia y adquiere los poderes no tradicionales.
Compite la mujer por la profundidad y el varón por la evidencia dada. Se encuentran en el espacio típico de la femineidad, es decir: la incertidumbre.
La incertidumbre de Alicia, si se quiere, la perplejidad de la mujer extraviada en el mundo de las iniciaciones viriles. La muchacha que se soñaba heroína de un juego cuya regla desconocía, cobra la dignidad de profetisa.
Fuente: Cine y Letras - Humanidades - BLAS MATAMORO - Junio 2009