Los problemas de la adopción en la Argentina.(2)
también pueden adoptarse
Este libro dedica un capítulo a la adopción de los denominados “niños mayores”, que se clasifican entre los 3 y los 15 años. ¿Quiénes quieren adoptar niños que no sean bebés? Imaginar la adopción de una muchachita de quince años es complejo, particularmente si transcurrió parte de su vida en institutos. Este es un punto clave: con seguridad esa adolescente hubiera podido ser adoptada a los cuatro o cinco años, si hubiese existido una supervisión de las criaturas institucionalizadas por parte de quienes los tienen a su cuidado. En cambio, quedan acumulados en instituciones aun encontrándose en estado de adoptabilidad; algunos de ellos solamente precisarían que la Justicia declarase la pérdida del ejercicio de la patria potestad de una madre o un padre negligentes. Esta es una parte del problema. El capítulo se dedica a describir, mediante el análisis de los diálogos entre estos niños y sus madres, las fantasías y realidades que viven cuando ingresan en una familia a partir de los siete u ocho años, despues de haber vivido con sus padres de origen hasta ese momento. Adoptar “niños mayores” forma parte de las adopciones que pueden recomendarse para quienes no dependen de la ilusión de que criar a un niño desde que es bebé garantizará que en el futuro se les parezca culturalmente.
Capítulo complejo, producto de los años transcurridos escuchando adolescentes de ambos géneros. Algunos de ellos retornados durante su juventud para decirme: “¿Vos me acompañarías a leer el expediente con mi historia, cuando me adoptaron?” Cuando tienen 13, 14 años hasta la temprana juventud, no sólo el origen como duda puede tornarse incandescente, también la propia capacidad reproductiva que ha adquirido nivel consciente y que se expresa de manera concreta en las fisiologías de ambos género potencia los interrogantes referidos: ¿quiénes estuvieron en el origen?
Los adolescentes se presentan claramente divididos según conductas habituales en los distintos géneros. La experiencia en el trabajo con ellos nos ha enseñado que el temor que se siente frente a los hijos adoptivos cuando crecen y se convierten en personas decididamente extrañas dentro del hogar constituye una variable que, además de causar sufrimiento en los padres, los desestabiliza como adultos con autoridad. La provocación constituye uno de los andariveles preferidos por los adolescentes: por ejemplo, cuando sostienen “yo debería denunciarlos a ustedes porque mi adopción no fue totalmente legal. Ustedes se entendieron con la mujer que era mi madre, le pagaron y por eso yo estoy aquí. El juez lo que hizo fue aceptar lo que ustedes le dijeron. Y seguramente algo también le pagaron a él”. Innecesario es aclarar que ésta es una de las provocaciones que resultan de las denominadas “guardas puestas”.
adopciones monoparentales
Los orígenes de los niños adoptivos se asocian sistemáticamente a la mujer que los engendró; muy difícilmente se menciona al varón corresponsable. Los trabajos referidos a aquélla son numerosos y en este volumen dedico varios capítulos a describir no sólo su situación en distintos niveles, sino su relación con el deseo de hijo y el derecho de la mujer que no quiere aceptar a la criatura para maternarla y busca una familia que el Estado deberá proveerle. La rigurosa crítica a la idea de abandono del bebé que pulula en el imaginario social y en los códigos del derecho desemboca en una nueva lectura de las decisiones de estas mujeres que se convierten en “la otra” con quien la adoptante protagonizará un rito de pasaje.
Adoptante que puede ser una mujer denominada “sola” cuando en realidad es una mujer que no muestra su pareja o no la tiene. Sin que exista razón para demandársela. El capítulo dedicado a adopciones llamadas monoparentales analiza estas situaciones en paralelo con el derecho de los varones para adoptar del mismo modo.
Dedico un capítulo a esta frase que escuché durante décadas en boca de quienes aspiran a una guarda. Y que leí en cartas dirigidas a jueces, de manera reiterada. Frase que como una letanía –sin mediación afectiva anulada por la repetición– escuchamos en boca de quienes esperan lograr una adopción y que enarbolan quienes esperan una criatura, pero que yo jamás escuché cuando el hijo, que ya no es un bebé, despunta el lenguaje y la independencia. Cuando encuentro adoptivos maltratados me pregunto dónde quedó aquella letanía destinada a ser escuchada por quienes la pronuncian en determinado momento de sus vidas, saturadas por angustias que las esperas desesperanzadoras multiplican.
Ese “mucho amor para dar” analizado semánticamente en el libro constituye el soporte del tráfico y de las “guardas puestas” y no se lo reconoce cuando estos guardadores se presentan ante el juzgado para solicitar “devolver” a quien fuera el destinatario de aquel amor. Nos tropezamos en nuestra memoria con la frase ya olvidada por los adoptantes cuando el chiquilín, trasladado desde una cultura a la otra, reclama por los recuerdos que le corresponden a su etnia y a su país de origen, uno de los países proveedores. Desde allí fueron transportados hacia los países receptores cuyas historias son interesantes porque permiten diferenciar a aquellos países que se desprenden de sus niños habitualmente, de aquellos que han padecido una catástrofe o una guerra y solicitan auxilio para sus criaturas. Tema que nos conduce a la adopción internacional, que ocupa un lugar destacado en este libro.
Otros temas, propios de la experiencia en consultorio y otros obtenidos durante intensos años de intervención institucional, compaginan este libro diferente de mis anteriores producciones referidas a la adopción. Después de observar durante los últimos treinta años la lucha por rescatar a los hijos apropiados por el terrorismo de Estado, presenciar hoy los manejos a que son sometidos los niños exige algún nuevo intento de información.
Me preguntaron si el libro les servirá a los padres adoptantes. Probablemente sí. Ha sido escrito para exponer, después de 50 años de práctica, estudio y convivencia con familias adoptivas y chicos y adultos adoptados, que la adopción no es un sólo un tema “de familia”. Está enclavado en las políticas de un país, como un alerta encendido, capaz de caldear la vida de un familia y de los chicos adoptados. También de mostrarnos cómo ellos pueden ser usados para satisfacer ruindades mediante el ejercicio del poder.
Artículo publicado por EVA GIBERTI en suplemento SOCIEDAD - Página12 - 13/06/10