Panamá: Las cosechas del futuro.
Una familia encontró en la construcción de una granja y en la crianza de puercos una alternativa para satisfacer sus necesidades.
A sus 29 años, María de Atencio es mamá de cuatro niños: José, de 14; Ángel, de 12; Pedro, de 9; y Juan de Jesús, de 3. Junto a su esposo José, de 46 años, viven en una casa cuyas paredes y pisos son de tierra, su estufa son tres piedras y sus ollas son de latas. Esta familia es el rostro de la pobreza en Las Minas, en Ocú, en la provincia de Herrera.
María y José son, además, desempleados, pero siempre están buscando una forma de ganarse la vida para mejorar su condición económica. Su espíritu emprendedor les dio buenos resultados y los hizo protagonistas de esta historia.
Todo empezó hace un año, cuando les dieron capacitación en autoestima, empoderamiento, liderazgo, desarrollo de la agricultura orgánica y crianza porcina, gracias a un fondo de $50 mil que otorgó la Secretaría Nacional de Ciencia y Tecnología (Senacyt) a la Escuela Casiciaco Haren Alde para desarrollar proyectos de lucha contra la pobreza en la alejada provincia de Herrera.
Fueron seis meses que los Atencio y otros miembros de comunidades como Loma El Montuoso, La Cordillera, La Peña y El Suay recibieron enseñanzas. Al final sólo doce familias fueron seleccionadas para desarrollar el proyecto de producción orgánica y porcina en sus hogares. ‘Los que fueron constantes en la formación y seguimiento fueron los beneficiados’, explicó Adelaida González, que lidera los talleres en campo.
Terminada la etapa de aprendizaje, María y José emprendieron la producción casera con un par de cerdos y semillas de distintos granos y vegetales.
Para la pareja, lo primero era escoger el sitio donde se establecería la granja. Ambos decidieron construirla a 45 minutos de su casa, cerca a una quebrada para proporcionarle agua a los cultivos. El paso siguiente era picar el terreno en parcelas largas con una coa y luego desmenuzar la tierra con un azadón y un rastrillo antes de abrir los huecos y abonarla.
Durante la capacitación la pareja había aprendido a preparar abonos orgánicos, ‘no fue ningún inconveniente para hacerlo’, dice José. ‘El compost se coloca entre capas de tierra, heces de vacas y ceniza, pero si hay residuos de comida también se le pueden agregar’, dice María, haciendo gala de su experiencia en la fabricación de este producto agrícola.
Los niños se contagiaron con la iniciativa de sus padres y se sumaron a la idea de la construcción de la granja. José, el mayor, cargaba las semillas y las plantaba. Ángel ayudaba a su mamá a fumigar los cultivos usando la planta de balo para esta tarea. Ella introducía las hojas de esta planta en un tanque con agua, luego las estrujaba y el líquido lo usaba para fumigar. ‘Todo lo que se hace en los cultivos es orgánico’, dice dulcemente el pequeño Ángel mientras le quita las bruscas a unos porotos en una batea.
Todo estaba bien planificado. Para evitar los inconvenientes con las lluvias, se construyó un sistema de riego por goteo con tuberías de PVC y una llave de paso que les regaló Adelaida y además se le colocó plástico como techo a la granja. Día a día, la familia cuidaba celosamente los cultivos. A finales de noviembre, la siembra empezaba a dar sus primeros frutos, pero una repentina plaga de suelo dañó algunas cosechas.
María no se queja ante esta adversidad dice que a pesar de esto, ‘se logró cosechar repollos, remolachas, zanahoria, ajíes, tomates, frijoles, plátanos yucas y ocho quintales de arroz’.
La humilde campesina admite que esto les ayudó mucho con la comida de sus cuatro hijos y dice optimista que la próxima vez le echará agua caliente a la tierra antes de sembrar para evitar las plagas.
Para la instructora González, las casas de cultivos se convertirán en el futuro en una alternativa para garantizar los alimentos ante la amenaza que representa el cambio climático para las producciones de vegetales y granos.
Fuente: Diario La Estrella de Panamá - MARLENE TESTA - 01/03/11.