La mujer y el trabajo.
Mucho se ha dicho y escrito sobre la relación de la mujer y el trabajo en el mundo contemporáneo, por eso empezaremos con una necesaria aclaración histórica: LA MUJER SIEMPRE TRABAJÓ. Esta afirmación sirve para centrar el problema en su justa dimensión, dado que a menudo se define nuestra época como la que permitió el trabajo femenino.
EL TRABAJO LEJOS DEL HOGAR: Es verdad que la revolución industrial, sobre todo durante el siglo XIX, significó un cambio extraordinario en el campo laboral (lo que no quiere decir que haya sido extraordinariamente bueno ni para varones ni para mujeres) por la masiva incorporación de asalariados y asalariadas al trabajo industrial. El primer efecto fue la separación del lugar de trabajo respecto de la vivienda, cuando antes se trabajaba en el mismo lugar en que se vivía.Esto produjo una rápida y altamente desordenada urbanización, con la aparición de aglomerados de viviendas precarias, carentes de servicios y mínimas comodidades.Claro es que la alternativa era el hambre, por lo cual no se critica el trabajo en sí, pero sí sus condiciones.
En cuanto a la vida familiar, que generalmente constituye la mejor defensa contra la pobreza y la enfermedad, el hecho de que las mujeres pudieran aportar algún beneficio económico al hogar sería seguramente positivo, a pesar de que se pagó por él un alto precio, que fué el virtual abandono del hogar por parte de padre y madre por casi todo el día, o, como alternativa nacida del mismo problema, la incorporación prematura de la niñez al trabajo asalariado.
Las novedades sobre el trabajo de la mujer hacia fines del siglo XIX y sobre todo durante el siglo XX consistieron en la incorporación de la mujer al trabajo profesional, que implicó la apertura a la población femenina primero de institutos terciarios y después de las universidades, aunque no todas las facultades. Las primeras profesiones femeninas tenían que ver con la atención a las personas, así se trató sobre todo de formar a enfermeras especializadas y a maestras y profesoras. Despúes fueron cayendo una a una las barreras culturales que impedían el ingreso femenino a determinadas carreras, y las universidades fueron admitiendo a las mujeres en todas sus especialidades, no sin tener que éstas tuvieran que vencer ulteriores obstáculos en sus compañeros, profesores o futuros clientes.
Ahora el panorama es muy diferente y las dificultades también son distintas. Siguen persistiendo algunos prejuicios respecto a la idoneidad femenina en determinadas especialidades, como por ejemplo la cirugía o la industria pesada, pero hay mujeres trabajando prácticamente en todas las tareas y los niveles directivos posibles, seguramente con mayor presencia donde esté en juego el contacto con las personas. Lo interesante de la cuestión no es tanto derribar los últimos prejuicios existentes contra la igualdad de oportunidades entre varones y mujeres, (en algunos países europeos han creado inclusive un ministerio que se ocupa precisamente de eso), sino en mejorar la relación trabajo-vida personal y familiar, dado que el riesgo cultural actual no es la exclusión de la mujer del mundo del trabajo, sino el sacrificio de la persona y de la familia en aras a la productividad.
Es lógico pensar que en un país como la Argentina actual, tener trabajo es ya de por sí un bien, así que uno agradece y no tiene pretensiones.Sin embargo se oyen quejas cada vez más frecuentes sobre la dificultad de conciliar la vida laboral con la vida familiar, y suele ser la mujer la que se queja más, por sentirse más directamente implicada en las problemáticas del hogar, pero también los hijos y los maridos son parte interesada en un cambio cultural a favor de un trabajo integrado armoniosamente con los otros aspectos de la vida de la persona.
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