¡ ¡ Una Jueza con mayúscula ! ! Entrevista a Carmen Argibay (2)
–Sólo sé que llegó el caso de Chubut y ahí es posible que se pronuncie la Corte. El aborto no punible está legislado hace más de noventa años.
–Yo creo que sí.
–La Corte nunca mira para otro lado, sino que trabaja con los expedientes que llegan.
–Me parece que sí.
–Ese es otro tema. No el de la causa que llegó a la Corte.
–Que me recusen. Pero sólo puede recusarme una parte interesada. Y en este caso, el expediente llega a la Corte por pedido de la defensa del niño por nacer. Pero el aborto ya se realizó, así que no hay ninguna parte interesada que pueda recusarme.
–Ufff, eso siempre me lo preguntan. Una cosa es defender a las mujeres y otra que siempre las mujeres hagan todo bien. Además, cuando llegó el caso no era como la prensa lo contaba. La Justicia hizo todo lo posible por reducirle la pena, si no era cadena perpetua, no era como los medios decían. La verdad es que los jueces hicieron todo lo posible por ayudarla.
–Sí, estoy de acuerdo con que exista la figura del infanticidio.
–Sí. Todavía se está tiempo de que le toque a Romina porque le correspondería la pena más benigna.
“La Justicia patriarcal tiene que terminar”, enfatiza Argibay que es clara con sus palabras. Ella no ahorra críticas a los fallos machistas; montó una obra donde se mostró cómo el personal judicial maltrata a adolescentes abusadas, mujeres explotadas sexualmente o esposas maltratadas en el Congreso Nacional de Jueces, puso en marcha un nuevo protocolo de atención de abusos sexuales, denunció el techo de cristal para las profesionales en el ámbito judicial, creó la Oficina de la Mujer, capacitó sobre derechos de género al Poder Judicial y –de yapa– tiene el desafío de crear una nueva morgue en la zona de Comodoro Py.
–Sí. El hecho de llegar a la Corte te da lugar a hacer cosas. Elena Highton de Nolasco puso en marcha la Oficina de Violencia Doméstica y yo la Oficina de la Mujer. Con esto y el Protocolo de Atención a las Víctimas de Abuso Sexual que creamos cuando Eva Giberti vino a mi despacho preocupada por el trato a las víctimas y decidimos poner en marcha –en sólo cuatro meses y mientras el grupo de trabajo se reunía hasta los sábados en un café de la esquina del Hospital Alvarez– demostramos que cuando se quiere, se puede.
–Sí. Necesitamos más presupuesto. Por ejemplo, en la Oficina de la Mujer hay sólo siete personas y todos/as voluntarios. La Ley de Prevención y Erradicación de la Violencia hacia las Mujeres exige que haya presupuesto para las oficinas de las mujeres de todos los poderes del Estado. Por eso pedimos que no se recorte el presupuesto de la Corte ni el de la Oficina de la Mujer, en donde no puedo tener la gente que necesitaría para sensibilizar al Poder Judicial. Se hace lo que se puede, pero sólo hay dos personas para capacitaciones.
–El fue el impulsor de la renovación de la Corte y eso hay que reconocérselo. El me designó como jueza de la Corte y le estoy agradecida. Pero la tarea de los jueces –y más de las mujeres– es ser ingratas. Decir muchas gracias y después hacer lo que hay que hacer.
–Yo creo que el mayor logro en la Corte es haber venido con una idea de lo que podía ayudar a transformar la Corte y que esa transformación se esté dando. No he logrado todo lo que quiero todavía porque los logros se calculan al final. Y creo que falta un tiempo. Pero todos estamos haciendo una buena tarea como equipo.
–Tenemos nuestras disidencias porque si todos tuviéramos siempre la misma opinión seríamos uno solo. Pero está bueno porque las disidencias a veces te afirman y otras veces te ayudan a cambiar. La rigidez no sirve. Una puede tener principios muy arraigados –que está bien– pero no hay que querer transformar en principios lo que en realidad son prejuicios. Nos matamos discutiendo en algunas cosas, pero no hay problema. Creo que esta Corte está logrando revertir la imagen que había de la Corte. Y eso es lo mejor.
–Sí, son dos proyectos. Estamos haciendo todo lo que podemos. También somos seres humanos y necesitamos recargar las pilas.
–Con los rompecabezas y la música que me encanta.
–Sí, porque mi mamá (Ana Rosa Carlé) tocaba el piano. Ya no. Tiene 100 años y vive conmigo. Y hay que cuidarla. Su familia es longeva: su padre se murió de 90 años y una de sus hermanas vivió hasta los 97 años. Y ella ahora está clínicamente muy bien. Faltan cinco meses para que cumpla 101.
–Sí, tengo hasta una sobrina bisnieta que es un encanto la mocosa. Tengo varios de mis sobrinos con los que me llevo muy bien y estamos mucho juntos. Es una de las formas de ponerse al día con las cosas de la juventud. Porque si una se aísla después se convierte en una vieja cascarrabias. Eso no quiere decir que vaya a los festivales de rock. Pero puedo entender muchas cosas porque tengo relación con mis sobrinos. La familia ayuda mucho. A veces una familia muy larga tiene muchos problemas también. Pero nadie dijo que la vida fuera fácil.
–Sí. Me llevo rompecabezas y una pila de libros a las vacaciones. Me voy a hacer un crucero, me voy a la Antártida, a refrescarme, a ese lugar tan especial.
–Sí. Una aprende hasta el día que se muerte. Así que todavía tengo mucho que aprender. Espero.
Y se ríe largo. Como su viaje.
Ahora jueza, antes presa
Argibay confiesa que no le gusta el calor. Hasta que sufrió la gota gorda en un crucero, que realizó el año pasado, por Brasil. Pero Buenos Aires agobia y ella –sin aire acondicionado– mantiene su ventana –de aire, luz y tibieza– abierta. Tal vez es el encierro que dejó su huella. Ella fue presa política en 1976 –cuando tenía 36 años– en la cárcel de Devoto. “Nunca supe de qué me acusaban ni por qué era una persona peligrosa para la dictadura militar”, expresa. Pero revaloriza la solidaridad entre las presas, de las que le quedaron dos grandes amigas y se está por juntar con otra mujer, que era más chica que ella y le escribió para contarle de la importancia de su tranquilidad y liderazgo durante los meses de prisión. “Me sorprendió porque ella formaba parte de un grupo de chicas más jóvenes y revoltosas que nosotras”, confiesa.
–Creo que sí. La primera vez que me ofrecieron ser jueza penal pensé que no podía hacer eso porque sabía lo que era estar tras las rejas, pero después reflexioné que me iba a dar más cuenta que nadie cuándo mandar a prisión o no. Con el tiempo, en el Tribunal de La Haya, me tocó escuchar testimonios desgarradores sobre la violencia en la ex Yugoslavia. También cuando empecé a defender los derechos de las mujeres, mis compañeros hablaban de “las locuras de Carmen”. Pero ahora las locuras de Carmen ya no son más locuras. Son una nueva Justicia.
Fuente: Página12 - Las12 - LUCIANA PEKER - 10/12/10