El velo desafía a Occidente.
Cualquier distraído podría pensar que se trata de un simple trozo de tela. Sin embargo, esa prenda llamada “velo islámico” se ha convertido en el eje de uno de los debates político-culturales más candentes en los países centrales. La aprobación en Francia de una ley que prohíbe el uso de ciertos tipos de velo en lugares públicos no hizo más que recrudecer la polémica. Porque ya no se trata de “salvar” a mujeres oprimidas que no tienen más opción que cubrirse, sino de responder a universitarias que reivindican su derecho a portar lo que ellas consideran un signo de identidad.
Por no hablar de quienes lo llevan por motivos religiosos, amparándose en una libertad de cultos vigente en toda la legislación occidental.
En la vereda de enfrente, los detractores del velo aseguran que, se argumente lo que se argumente, una mujer que lo usa en pleno siglo XXI es una mujer sometida al poder patriarcal. No falta, asimismo, quien equipara esta prenda con prácticas tan aberrantes como la lapidación. Esta última postura es claramente desmentida por entidades como Amnistía Internacional, organismo que, al tiempo que impulsa la campaña contra la muerte por lapidación de la iraní Sakineh Mohammadi-Ashtiani, sostiene que toda persona tiene derecho a decidir si quiere o no llevar indumentaria o símbolos religiosos. Como si de una novela de Hanif Kureishi se tratara, la intensidad del debate viene a decirnos que el sueño de la integración cultural sigue siendo una utopía digna de ser buscada. Pero que de fácil, complaciente o exenta de contradicciones no tiene nada.
¿Qué dicen al respecto las musulmanas argentinas? Masuma Assad de Paz, profesora de estudios de teología islámica y presidenta de la Unión de Mujeres Musulmanas Argentinas, escribe en un texto subido a la página de la mezquita At-Tahuid: “El hijab es el símbolo de la mujer musulmana, de su propia identidad, de su libertad, y está íntimamente relacionado con su espiritualidad y pudor. Occidente debe comprender que el islam es practicado por más de mil doscientos millones de musulmanes en todo el mundo como un modo de vida, todos los días y en todos los lugares. No para algunos días en la semana y según el lugar donde se encuentre”. En el mismo escrito, Assad de Paz asegura que en la Argentina el hijab no está prohibido, sino que las mujeres musulmanas “se lo prohíben a sí mismas”.
Una forma de vida
Graciela Haikel, representante legal del colegio Omar Bin Al Jatab y miembro de la comisión directiva del Centro Islámico de la República Argentina, sólo en parte acuerda con esta posición. Para ella también el islam es una forma de vida: “No es ir a rezar y luego olvidarse -explica-. Tiene que ver con el respeto, la tolerancia, el temor a Dios”. En sus 43 años de vida, Graciela siempre respetó los cinco rezos diarios que pauta su religión, nunca comió cerdo ni probó alcohol. Sin embargo, esta hija de sirios musulmanes nunca usó hijab.
“Esa es la libertad que las mujeres musulmanas nos tenemos”, dice sonriendo. “En el islam todo es por convicción -se explaya-, nada por imposición. El hijab es lo que se aconseja, porque tiene que ver con el pudor de la mujer, con preservarla de las miradas ofensivas. En mi caso, hasta ahora nunca he sentido la necesidad de usarlo, salvo en situaciones ligadas con nuestra religiosidad o encuentros con autoridades islámicas. El día en que decida llevarlo, lo haré por convicción.Y será para toda la vida”.
De maquillaje impecable, bijou justa y palabras firmes, Graciela se ríe de los discursos que equiparan femineidad, islam y sumisión. “Trabajo desde los 17 años -rememora-. Siempre tuve gente a mi cargo, hombres y mujeres. Tengo carácter. A los únicos que respeto son a mis padres.
Después, no me manda nadie”.
Al otro lado del Atlántico, en la cada vez menos uniforme Europa, el tema está a la orden del día. Nyamko Sabuni, hija de un africano musulmán, laica, miembro del Partido Liberal de Suecia y, desde hace cuatro años, ministra de Integración e Igualdad de Género de ese país, declaró al diario El País: “Parto de la base de que los adultos tienen el derecho de vestirse como quieran y puedo entender a las que optan por llevar velo, pero me resulta difícil con las que llevan niqab o burka. Lo veo como expresión de opresión a la mujer. Por otra parte, soy de la opinión de no permitir que las niñas lleven el velo en el colegio. El velo es una prenda que regula la relación sexual entre hombre y mujer, y no se debe ver a los niños como seres sexuales. Si las profesoras quieren llevarlo, que lo hagan. Lo que yo digo es: fuera el velo en las niñas”.
Resúmen de fuente consultada: REVISTA YA - DIANA FERNÁNDEZ - Blog lashumanas - 30/11/10